Érase una vez. Hace cinco años. Una experiencia traumática. Escuchar “Hospice” de The Antlers, anomalía conceptual que deconstruía las relaciones personales ante la enfermedad grave de uno de los afectados, funcionaba de modo catártico. Salías de ella distinto; ni mejor ni peor. Pero sabiendo que algo en ti había cambiado.

En la reseña de “Hospice” cité a Tom Hanks y el film “Philadelphia”. Ahora, en “Familiars” (Anti 2014), aunque el concepto se haya diluido -o mutado-, sigue apareciendo en mi memoria la mítica imagen de Hanks con los ojos cerrados siguiendo los agudos sobrenaturales de Maria Callas. Como si aquellas notas, al igual que la vida que se le escapaba, fueran de una belleza tan inalcanzable que solo cabía conformarse con el efímero presente. Y esta imagen de la futilidad de nuestra existencia me golpea durante varios -muchos- tramos de este nuevo álbum descomunal. Seguramente tiene que ver con la manera de vocalizar de Peter Silberman, buceando en sentimientos afines a los de Jeff Buckley, Antony Hegarty y en menor medida el cantante de Sigur Ros.

Pero en “Familiars” surgen más elementos que configuran su carácter único. La ambientación, factor clave: cada tema, salvo quizás “Doppelgänger”, parece una extensión del anterior, con el mismo ritmo conductor -piénsese en los Talk Talk de “Spirit Of Eden”– generando un guión para los oídos de una nocturnidad sobrecogedora. Y después el protagonismo de tres instrumentos vitales para crear esta atmósfera tan personal: los pespuntes de guitarra, los vientos -sobre todo la trompeta de Darbi Cicci– y los teclados, tanto los gruesos -por ejemplo en “Director”– como el piano sencillo en varias piezas. Solo hay que escuchar “Revisited” e imaginar que allá fuera, en el mundo exterior, llueve. Y que no parará nunca jamás. Mientras suene la guitarra.

No se puede terminar esta reseña sin destacar que es un álbum de soul. Se palpa en seguida ante la cadencia de “Parade”, cercana a “Crazy Love” de Van Morrison. De hecho me gustaría escuchar algunas de las canciones interpretadas por músicos profesionales de color (de jazz o soul). Lo cual quiere decir que parte de su encanto es precisamente esa imperfección que desprende cualquier grabación esculpida con el corazón y no con la cabeza. “Familiars” es tan grande que su peso desgasta hasta el último milímetro de tus terminales sensoriales. Este álbum no tiene fecha de caducidad. Disco del año es poco.