El crepitar de voces reberveradas, como venidas de un pasado que flirtea con la nostalgia que lo fulmina todo. Ecos que parecerían plegarias de ancestrales misas paganas; mensajes en un lenguaje que codifica cosmologías de éxtasis liberador. Lo pueden llamar Belleza, pero esto va más allá.Ian William Craig es un joven talento nacido en Edmonton, y que gracias al apoyo de Sean McCann acaba de sacar un disco extraordinario en el sello de éste. “A Turn of Breath” (Recital, 2014) es una joya difícil de etiquetar -¡albricias!- donde confluyen cromáticas variaciones de folk ambiental, tape recordings, y un emocionante tratado de manipulación vocal en la que Craig se erige como un avezado discípulo de Meredith Monk o Julia Holter. Una voz de formación operística, que es incorporada como un elemento más en este mantra intrincado, y de destellos ambarinos. Sonidos embriagadores e implorantes; ondulantes y fragmentados. Un registro tonal que, por suerte, nada tiene que ver con la afectación monocorde de un James Blake, o de la impostada teatralidad de Antony.

Una obra que, como el buen vino, va ganando cuerpo con el tiempo. A cada escucha se van descubriendo nuevos requiebros en sus múltiples meandros. Un peregrinaje sonámbulo por rincones de fulgor coralino; loops repetitivos de cantos de sirena -“On The Reach Of Explanations” o “Red Gate With Starling”– que me hace recordar el gospel solemne de aquel magnífico proyecto de estudio que fue This Mortal Coil. Un cancionero arrebatado por la nostalgia, y entonado como si de un crooner de alcoba se tratase -“A Slight Grip, a Gentle Hold (Pt. 1)”– mientras que en otros temas, como la espléndida “The Edges”, capas y capas de voces moduladas se superponen creando un seísmo emocional que recuerda a las borrosas estampas fantasmales de Leyland Kirby.

Un registro más espartano- con el dulce tintineo de las notas de guitarra- muestra en piezas de aparente fragilidad y gran fisicidad como en “Rooms”, y con la que cierra el disco –“A Forgotten Place”– que no me pregunten por qué pero me hace rememorar las imágenes inolvidables de Johnny Guitar. Un amor que llegó sin avisar. Mi disco del año sin duda.