El destino no le tenía reservada la gloria generacional que sí le brindó a Sandy Shaw o a Françoise Hardy. En el caso de Vashti Bunyan“Some Things Just Stick In Your Mind” podía haberla convertido en una estrella-, como en el de muchos y muchas que a finales de los sesenta optaron por el rechazo a la exposición pública y la desconfianza respecto al glamour de un por entonces pujante star-system post-hippy, el exilio autoinducido acabó opacando el pequeño legado de aquella joven que siempre le tuvo aversión a las prisas, a una palabra más alta que otra o al ruido de fondo.

Curiosamente, en una época como la actual en constante fragmentación y culto a la urgencia donde los silencios son una especie en extinción –incluso para aquellos que, en otras esferas más prosaicas de la vida, pretenden cultivarlos y lo que hacen es quedar retratados por alimentar torpemente un molesto estrépito por omisión-, las canciones de esta garganta élfica han conseguido hacerse un hueco –espero que imperecedero- en los amantes del susurro volátil y el detallismo extremo que traen consigo. En efecto: sublimando todo al máximo para -como diría Charles Cros– superar lo real, pues tal ha sido, es y será su pose.

Su papel para la posteridad ha sido, por tanto, el de personificar (a la postre) la reserva espiritual de aquellos que se niegan a prescindir de cierta inocencia estética y vital, disfrazándola de pureza à la page y guiño post-victoriano.

La destilación definitiva de su sonido ya fue un hecho con el sobresaliente “Lookaftering” (Fat Cat, 2005), así que “Heartleap” –publicado fielmente en la misma escudería- no supone ninguna sorpresa ni para yonkis de la de Newcastle ni para acérrimos discrepantes pues, hasta la fecha y tratándose de ella, no conozco aún la facción que responda al término medio.

Anunciado como el trámite previo a la eutanasia artística de la susodicha –cerrando en total un peculiar ciclo de medio siglo que, vista la escasez de su producción, roza lo impúdico-, el disco satisface las expectativas porque ahonda en su férreo compromiso facultativo y en la delicadeza de sus formas –ostenta la caricia vocal más infalible de todas, con el permiso de Paddy McAloon-, con la sinuosidad de “Across the Water”, “Holy Smoke” -ambas fueron la avanzadilla previa a la salida del álbum- y la propia “Heartleap” como imponentes abanderadas de esta última entrega.

Respecto al capítulo de estampas literarias se lleva la palma “Mother”, elevando la cotidianeidad a categoría de excepcionalidad poética –una hija obnubilada a pesar de las limitaciones armónicas de su progenitora-, hasta resituarla junto a Molly Drake –con quien comparte, por cierto, no pocas similitudes tonales- en una hipotética trama alternativa, lo reconozco, quizá enfermizamente melómana y evidentemente licenciosa.

Sí, pop intimista y refinado casi hasta la náusea –deberíamos dejar de hablar de folk, pues la propia Vashti Bunyan nos recuerda que tanto la raíz como la connotación propia del término se encuentran muy alejadas de sus intenciones-, cajitas de música de las que será imposible prescindir pues cada una de ellas contiene la intuición de un rito atávico: el brinco repentino del corazón.