Entre lo mucho que se ha escrito y he leído últimamente acerca de Sleaford Mods, me pareció bastante certera la comparación -con todas las diferencias que puedan aparecer en el transcurso de un cuarto de siglo- con Carter The Unstoppable Sex Machine. Dos personas ante su entorno social, utilizando herramientas a su disposición acorde con los tiempos para describir y denunciar lo que ven que está mal. ¡Ah, la música como arma de lucha! Importantísima su capacidad para despertar conciencias: por si las moscas, no olvidemos que ni raperos ni skins fueron pioneros, pues el lema this machine kills fascists ya figuraba prominentemente escrito en la guitarra de Woody Guthrie mucho antes de que nacieran Billy Bragg o The Streets. Aunque, puestos a reivindicar músicos que cambiaron el mundo a través de esta fórmula, cuando no existían redes sociales para poner en jaque a los políticos, siempre me quedaré con el Bob Dylan de hace medio siglo. Porque él cambió mi vida para que otros pudieran cambiar las de generaciones siguientes.

En 1989 Jim Bob y Fruit Bat deciden plasmar las incongruencias y los abusos que les rodean a través de una música directa -por sencilla- con una guitarra, una caja de ritmos, cierta rabia punk agazapada, y unos textos -asunto básico- excelentemente insertados en rima y contenido en el sonido. Aquello penetraba directo en las neuronas encabritadas de cualquier adolescente, aunque la sarta de nombres y alusiones -cargos y personajes públicos, figuras locales- era mejor entendida por los aficionados del sur de Londres.

Su primer álbum “101Damnations” (Big cat 1990) es una bomba activada que deriva en explosiones al paso de cada canción. Y salpican a todos los sectores, desde “Sheriff Fatman” -su primer single condecorado, todo un clásico-, “The Taking Of Peckham 123”, la galopada gloriosa de “Good Grief Charlie Brown” y la más furiosa de “Midnight On The Murder Mile” -mítico el grito de a phone box, a phone box, my kingdom for a phone box– o el texto de “A Perfect Day To Drop The Bomb”. Son animales políticos con coartada musical costumbrista empujada por la actitud gamberra contestataria de barrio. Para compensar, un poco como Bowie al final de “Ziggy Stardust” con “Rock `N´ Roll Suicide”, acaban con “G.I. Blues”, balada pacifista in crescendo que se desparrama a lo grande.

Este álbum abrió las puertas para que un año después “30 Something” pusiera a Carter The USM en boca de toda la comunidad musical, y “1992 The Love Album”, ya en una multinacional, copase las listas británicas. A partir de allí empieza el declive, aunque tal hecho no empaña los tres años de discografía brillante. No se me ocurren en este momento grupos posteriores de implicaciones sociales cuyo nivel alcanzado -ya veremos si Sleaford Mods…- iguale o supere la ecuación militancia/popularidad de esa máquina imparable de sexo chungo llamada Carter.