Como Alfredo, el proyeccionista del “Cinema Paradiso”, Paolo Conte ha hecho de su carrera una sucesión perfectamente engarzada de todos esos instantes –muchos en su día prohibidos- que marcaran a fuego el periodo más trascendental de su vida, aquí relacionado de manera específica con la melomanía: el comprendido entre la niñez y primera adolescencia, sublimando la ya de por sí contundente sentencia de Rilke.

Materiales de una película que se resiste a la consumación: tango, jazz vocal, pop pre-beat, aderezos africanistas, mambo…: tan ajados -pero trascendentales- como esa voz de estraza que desde hace cuarenta años reformulara de arriba a abajo la canción de autor mediterránea haciendo de sus limitaciones vocales toda una denominación de origen mientras concatenaba en unos pocos discos, por ejemplo, una de las –insospechadas- mejores discografías de los ochenta. Garganta herida, igual que en el caso de Cohen –intérprete tardío e ineludible como él-, refutando las leyes de la gravedad artística como hasta hace bien poco se entendían en el primer mundo, echando el resto y obsequiando al planeta con el penúltimo acto de servicio, dichosamente lúcido y elocuente.

Dudo que, haciendo honor a su prosaica –y enterrada- profesión de abogado, a estas alturas Conte quiera ponerse la toga para defenderse a sí mismo de sus hipotéticos “pecados”, ahora que parece que se les quiere volver a exigir carnets a muchos: su música -inconfundiblemente burguesa- y sus textos –afiladamente superficiales y ponderados- permanecerán incorruptos en su afán por hacer del escapismo un fármaco contra los devaneos estratégicos de la actualidad. ¡Qué mejor declaración de intenciones, por tanto, que autoafirmarse –con su acostumbrado laconismo- como “Snob” (Platinum-Universal, 2014)!. Aun así y con todo, la crecida de “L’Uomo Specchio” (ya sea con el bandoneón o con el saxo), que recuerda otras detonaciones orquestales como la de “Jimmy, Ballando”, el arranque de “Signorina Saponeta” –donde parece atisbarse la influencia del Jobim de “Estrada do sol”– o el “nuevo ritmo en el ritmo” de “Ballerina” son las perlas de sobresalen de su nuevo repertorio y de las que no debería prescindir cualquier amante que se precie de este neorrealismo interestelar que habla por sí solo: nuevos clásicos, de esos que ganan juicios a las primeras de cambio por su profundidad, destreza y respeto por la armonía.

Con el equipo habitual de las últimas citas, tan bien engrasado como el regalo al pequeño Salvatore en la película de Tornatore, y la repetición de su manager Rita Allevato en las tareas de producción –tras la pérdida irreparable del histórico Renzo Fantini-, su último disco transpira más que nunca (esto es: como siempre) desenfado amoroso y compromiso con la nostalgia a partes iguales; un distanciamiento tan delicioso y sencillo como una buena conversación sostenida delante de un buen café recién hecho por el maestro. Dedicando al final, burlón pero contenido, la enésima onomatopeya al tiempo.