Un ejemplo del gran libro de la hipocresía mediática. Con veinte años de carrera, este músico británico tiene mucho más prestigio en la calle que entre la prensa. De hecho la transversalidad de su estilo le deja fuera de juego en el mercado de las tendencias y, hasta cierto punto, se puede deducir por el poco riesgo que asumen sus composiciones; baladas aletargadas moldeadas por una voz agradable que juega con acústicas y electrónica en formato light. Cierto, la música de David Gray sirve mejor como placebo que como fármaco, encajando estupendamente en series de TV tipo “Sin Rastro” o “House”, y en reseñas de revistas como Q.

Lo cual no impide reconocer que sus temas, sin grandes aspavientos, se proyectan balsámicos sobre el público masivo: por decirlo de alguna manera y sin ánimo de ofender, Gray es un músico que triunfa en Irlanda, tierra donde -debido a la climatología o al temperamento de sus gentes- las músicas melancólicas o simplemente bonitas son bien acogidas. “Mutineers” (iht 2014) es eso, lo de siempre, un puñado de canciones -once- que funcionan mejor en otoño e invierno que en verano. No invitan a ninguna actividad ilegal ni a disertaciones mil, sino a la reflexión y al recogimiento, de allí que ahora, meses después de su publicación, piezas como “Mutineers”, “Last Summer” o “Birds Of The High Arctic” estén empezando a cosquillear mis partes vulnerables. Aunque les falte unas milésimas de verosimilitud.

Un guilty pleasure que ni viene de un club trendy ni de una barriada marginal de Guayaquil ni ha sido merecedor de una reseña en Pitchfork. ¿No son razones suficientes, juntas, para recomendarlo?