Quien vivió aquellos días de júbilo exacerbado del punk rock, compartirá la sentencia. Muchos grupos y muchas canciones se etiquetaron en aquella ola que todo lo fagocitaba sin selección previa: en 1977 imperaba más la actitud que el estilo musical. Aún hoy sigo preguntándome si Squeeze o Buzzcocks -viendo sus ramificaciones posteriores- debían formar parte; o el sonido de Stranglers, que tenía poco que ver con lo que actualmente consideramos punk rock (primeras grabaciones de Sex Pistols y Clash, etc). Mayor confusión aún se produce al otro lado del Atlántico -caso Ramones aparte, y lo digo porque aún pienso que éstos practicaban más rock & roll ruidoso que punk rock-, donde bastaba con ser cliente de CBGB o Max´s Kansas City, o mostrarse -la Harry mismamente- con chupa de pinchos. ¡Si incluso hubo quien metió en el saco a Jonathan Richman por “Roadrunner”! Mientras en Europa se tomaba como un movimiento social reivindicativo, en USA apenas iba más allá del hedonismo.

No obstante, una canción que no sonaba según los cánones sino como un blues rastrero, me parece más punk -adjetivo que bien haría la RAE en revisar- que todos los nombres antes expuestos anteriormente. De punk rock solo tenía un cachito al final. Pero en cuanto a esencia trasgresora, rebosaba desde el título “(If You Don´t Wanna Fuck me, Baby) Fuck Off” hasta la catadura de la cabeza visible de Wayne County & The Electric Chairs.

County, norteamericano que cambia de sexo y se muda a la más permisiva Gran Bretaña -después se haría llamar Jayne County-, escupe el texto de la pieza aplicándose en el estribillo, que viene a ser básicamente el título sobre acordes no tan alejados de Status Quo. En el capítulo de curiosidades, diremos que antes había formado un grupo llamado Wayne County & The Backstreet Boys, y que en “Fuck Off” toca el piano nada menos que Jools Holland, entonces miembro de Squeeze sin aún programa televisivo. De hecho este trote tan pub rock es lo que la hizo popular en las esferas ajenas al mundo del imperdible. Era fácil de entonar, fácil de acompañar coreándola en los bares, y sobre todo era lo suficientemente ofensiva como para encariñarse con ella por sus características de himno adolescente subversivo. Sabías que, aunque tontorrona la frase, iba a disgustar a quienes tú querías ver cabreados. Lo cual, por supuesto, era impagable.