We Come From The Same Place” (Allo Darlin´).Ya se avisó en el post del álbum anterior de Allo Darlin´: semejante bonanza no podía durar. Practicar un pop sin fecha de caducidad implica precisamente -contrasentido del mercado musical- que tiene una fecha de caducidad. El público se harta de más de lo mismo si el estilo está trillado, sobre todo cuando no se mantiene el nivel. ¿Y qué es eso de mantener el nivel? ¿Puedo jurar a mano alzada sobre la discografía de Camera Obscura que el de “We Come From The Same Place” (Slumberland 2014) es más bajo? Quizás sí sea un álbum aparentemente inferior. Quizás la instrumentación se muestre más dispersa. Quizás la mezcla de ukelele y pedal steel en “Another Year” recuerde a hits de reggae descafeinado blanco. Quizás la pérdida de sutileza cuando endurecen los acordes -como en “Bright Eyes” o “Half-heart Necklace”– frustre a los incondicionales al dejarlos como otro grupo del montón. Y quizás falte un tema radiante desde el primer al último segundo. Me niego sin embargo a claudicar, y voy a olvidar que esta vez algunas de las melodías y las cenefas de guitarra no van tan de la mano. Porque lo que hace Paul Rains con las seis cuerdas cuando se aventura, como en “Angela”, es, dentro de su sencillez, una maravilla. O en “History Lessons”. O en “Santa Maria Novella”. O en “We Come From The Same Place”. Me niego a renunciar a estas notas cristalinas tejiendo la red protectora ideal para que la siempre adorable voz de Elizabeth Harris se columpie tranquila en su trapecio melódico. ¿El peor disco de Allo Darlin´? Sí. ¿Igual de recomendable que los anteriores? Por supuesto.

 

Picture You Staring” (TOPS). Cuarteto canadiense. Pop de alcoba ideal para ser cantado por una mujer. Pocas novedades musicales: algo de teclados y percusión trucada convencional. La protagonista del disco es la guitarra, una eléctrica aparentemente sencilla que se revuelve con naturalidad al servicio de la voz de sacarina. Cuando se ausenta y deja a ésta en manos de los teclados, podrían ser un grupo del montón. Es la que de alguna manera valida el ADN. Tropicalia invernal.

 

Ritual In Repeat” (Tennis). De las muchas parejas mirando constantemente atrás, Tennis -ahora trío-, a su aire, están procurando diversificar. Veo que “Cape Dory” fue mejor recibido por la prensa que por el público, con “Young & Old” sucedió al revés, y este tercero recibe las mejores puntuaciones -sin sobresalientes- por ambas partes. Seguramente porque han obtenido billete para un paseo por todas las décadas desde el nacimiento del rock & roll. Además de la variedad de productores, con los dos de antes –Patrick Carney de The Black Keys y Richard Swift- a los que se ha sumado Jim Eno (Spoon), se aprecia una diversificación de recursos -siempre retro- pop. “Night Vision” entra actual para luego deshacer el granito ante la impoluta melodía. Lo que más me gusta es el saqueo a los 70 en “Needle And Knife” con semejante parsimonia, y que los junten en “I´m Callin´”, la siguiente, con los 80 -el ritmo- cruzando la linea que separa épocas. Y tienen incluso el desparpajo para hacer en “Wounded Heart” una entrada folk, sabedores que la voz de Alaina Moore, como en “Bad Girls”, puede con todo. Tennis intentan no profanar tumbas, sino regar las flores nuevas del cementerio.

 

New Gods” (Withered Hand). Me saco el sombrero, en contra de los dictados de mi alopecia, ante la manera grupal de operar de los músicos escoceses. Dan Wilson es un miembro del colectivo del sello Fence, y en este segundo trabajo en solitario se ve arropado por el clan: su venerado Eugene Kelly de Eugenius y The Vaselines, King Creosote, más otros paisanos de Frightened Rabbit y Belle & Sebastian (y la legendaria Pam Berry de Black Tambourine, gracias al sello compartido  Slumberland). Estamos ante otra muestra de este pop soleado escocés paradigmático -todos queremos lo que no tenemos- que mira a la costa californiana -de hecho una de las piezas se titula “California”– con fervor melódico. Unos lo pueden interpretar con candidez y otros con más vigor -como Teenage Fanclub– pero estamos ante el típico disco repleto de terrones de azúcar para las orejas, que alegra el día, el mes y -según la cosecha- incluso el año.

 

Beatitude #9” (The Orchids). Que tengamos el disco de The Pearlfishers en un altar no impide valorar el tercer retorno en siete años de uno de los bastiones escoceses de Sarah records en los 80, The Orchids, como se merece. Pop con la melancolía en primer plano, sin filigranas ostentosas -todo lo más unas cuerdas en “Your Heart Sends Me”, un trombón en “We Made A Mess”– al abrigo de unos músicos que saben cómo mimarlo, evocando unos tiempos cuando esta música marcó a miles de aficionados sin apenas repercusión mediática. Aunque no deslumbren en su esplendor máximo de antaño, te alegran (o entristecen) el día. Según. Puedes bailar con “Someone Like You”, “The Coolest Thing” y “Today´s The Day”, enamorarte con “Something´s Going On”, “She´s Just A Girl” y “And When She Smiled”, y languidecer con “Felurian´s Dream”, “A Perfect Foil” y “Hey! Sometimes”. Un álbum multiusos para tapar nuestras carencias y abastecer nuestras necesidades emocionales.