Jungle” (Jungle). Lo dicen todos: es como una versión revisada de Fine Young Cannibals. Mejunje blanco/negro, pulido, apto para todos los oídos, bailable -ese bajo de “The Heat” inspirado en las apropiaciones que Grandmaster Flash o The Sugar Hill Gang hacían de Chic o de “Another One Bites The Dust”– con buenas canciones y arreglos, que está muy bien para cubrir ciertas necesidades sin pretensiones musicales de envergadura. De tenerlas, ya la puntuación bajaría. A veces rozan lo aterciopelado –“Son Of A Gun”– y sorprenden -el silbido de “Smoking Pixels” podría haberse escrito en tiempos de “El Bueno El Feo Y El Malo”- en momentos aislados. Como una caldera de sopa sabrosa funk a la que han rebajado el gusto con varios bautismos y sigue –gracias al final de “Lemonade Lake”– manteniendo parte del original.

 

Love Letters” (Metronomy). La voz, sufriendo en las primeras palabras frente a la música, no responde al dibujo de introspección pactado en “The English Riviera”. Sigue faltando músculo energético, pero esta vez la elegancia se diluye ante el poso flácido. Excursiones a la zona dura como “Boy Racers” o “Call Me” buscan en seguida un parapeto seguro. Como me estoy viendo incapaz de disfrutar con los detalles sutiles propuestos, me resulta doblemente molesta la cancha dada por los medios británicos. Cuando acudo a un disco de Metronomy, no busco –“The Most Immaculate Haircut”– abrigo contra el invierno. Lo mejor, la tonadilla tonta de “Reservoir”.

 

Cosmic Logic” (Peaking Lights). Poco a poco la pareja ha dejado a un lado su vertiente experimental para irse adentrando en un universo más clásico. Apenas se perciben vestigios de dub, y la electrónica dominante se ha puesto al servicio del pop. Sin embargo, el hecho de componer este tipo de canciones no significa que tengas aptitudes para ello. En “Infinite Trips” incluso el registro de la voz -y coros-, básico para triunfar en formatos accesibles, desprende un retintín mundano. Deberían mirar más a Passion Pit -instrumentalmente ya están cerca- que a Bananarama; si quieren ganar medallas en el circuito del pop saltarín.

 

Double Youth” (Helado Negro). La parte latinoamericana –Ecuador y Florida– de Roberto Carlos Lange le convierte en un músico que utiliza la electrónica de manera especial. Está menos identificado con el ritmo que otros músicos con genética similar -por ejemplo Matias Aguayo– y más con la cadencia de la pieza y el calor que le puedan aportar las distintas gamas de teclados. Su experiencia con Julianna Barwick en Ombre le ha permitido además cubrir otros espacios que una canción puede necesitar. Añadamos que recurre al castellano cuando trata de insuflar un plus de sensualidad nostálgica. Se equivocaría si siguiese profundizando solo en la vertiente electrónica, pero acertaría si utilizase esta experiencia ya obtenida para abrir nuevas vías en su embrionaria prospección tropical. Avanzando.

 

Zaba” (Glass Animals). Híbrido en todos los sentidos. Electrónicos a medias, desde Oxford surge una mezcla poco sorprendente aunque indescriptible. Yo los acomodaría en un asiento entre Field Music y Hot Chip, con una voz -la de Dave Bayley– con resonancias -que no amplitud de registro- recordando a Antony. Pop plástico y a la par turgente –“Pools”– combinando la tranquilidad sensual con el ímpetu: percusión protuberante pero sedosa al juntarse con las voces en “Walla Walla”, hasta que escapa de la trampa. Producido en la factoría de Paul Epworth.