Too Bright” (Perfume Genius). Pocos son los artistas que consiguen dejar sus tendencias sexuales en un plano modesto, pues la mayoría se introduce en el mundo artístico precisamente para reafirmar su identidad. Hasta ahora Mike Hadreas había mantenido un perfil bajo de puertas afuera sin reprimirse a la hora de expresarse en música. Un poco como John Grant pero con un punto mayor de sensibilidad depresiva. Ahora acompaña la portada explícita de este álbum con unos arreglos más sintéticos, abandonando el recogimiento herido por ramalazos de electrónica, como en “Queen”. En “Fool”, pese a empezar liviana, después se acoge a un groove intimidante; y “Grid” se mete en jardines electro pop que de pronto descarrilan histriónicos. Pero no teman los seguidores de antaño, ya que cuando Hadreas vuelve a su minimalismo íntimo -la balada “No Good”, esa quietud mortuoria produciendo escalofríos en “I´m A Mother”, o la terminal “All Along”-, es emocionalmente invencible.

 

Songs” (Deptford Goth). Lo que hace Daniel Woolhouse en su segundo álbum es jugar con la melancolía electrónica de James Blake y How To Dress Well, llevándola a terrenos sonoros más humanos y afines a grupos como Elbow (por no decir Coldplay). Menos synth y más piano (aunque también emulado). Su voz es un caramelo nostálgico, su tono poético, y el álbum romántico. Esta plasticidad se aplaude sobre todo en los detalles sutiles con que adorna casi todos los finales de las piezas, sean más o menos introspectivas (“The Lovers”, “Code”, “A Circle”). En resumen, solo se trata -¡solo!- de doce canciones preciosas.

 

Moon” (Snowbird). El proyecto conjunto de Stephanie Dosen, voz celestial, y Simon Raymonde -gestor de Bella Union y pieza importante de Cocteau Twins y This Mortal Coil-, entrega lo que promete, un manojo de temas muy bonitos -aunque con ciertas carencias que a veces hacen confundir plasticidad con emoción- donde ella pone el primer plano con unos juegos de voces tremendos -casi nivel Mary Margaret O´Hara en “We Carry White Mice”, o dramáticamente afrancesados en “In Lovely”-, mientras Simon y sus compinches –Ed O´Brien y Phil Selway de Radiohead, McKenzie Smith y Eric Pulido de Midlake, Jonathan Wilson– se encargan de no romper el ambiente de porcelana de la voz. Todo en su sitio: si va con teclados, parece Julia Holter; si va con piano, una Kate Bush domesticada. “Moon” lleva consigo un bonus cd titulado “Luna” con las mismas canciones remezcladas -en clave electrónica suave- por RX Gibbs.

 

Bahamas Is Afie” (Bahamas). Cuando tienes entre manos un trabajo modesto y liviano, que desprende cariño sin pedir nada a cambio, éste se vuelve recíproco. Afie Jurvanen, el encantador de serpientes. Sin apenas alzar la voz -ya dos años atrás se comentó su parecido con el M. Ward íntimo- componiendo para todos los públicos, presenta su tercera colección de doce perlas de perfil bajo donde el intrusismo del rock es limitado: suavecito, fresco, y a la par acogedor, adaptable a cualquier época del año. De hecho tiene un termostato regulador capaz de calentar en invierno -los arreglos de cabaña de bosque de “Can´t Take You With Me”, o los de “All Time Favourite”– y tonificante cuando el calor te tumba.

 

Endless Crystal Sky” (By The Sea). Espoleado por la presencia de Bill Ryder-Jones, descubrí su primer álbum. Siguen contando con Bill, todo un síntoma de satisfacción. En esta ocasión presenta una fórmula ligeramente alterada respecto a la anterior, pese a perseguir idénticos resultados de tristeza melancólica. Rebuscando en los sonidos de hace treinta años de la zona -cinco arriba, cinco abajo-, han rescatado guitarras de la época de Echo & The Bunnymen, han aplicado el ritmo de entonces de The Cure, le han añadido esa resonancia que formaban New Order entre los bajos agudos y las guitarras graves –“The Stranger Things”– y han resecado las esquinas más azucaradas de su dream pop. Crean paisajes lánguidos donde el ritmo no decrece y los arpegios florecen. Publicado a finales de agosto, la compañía perfecta para atisbar el frío venidero.