Manipulator” (Ty Segall). Bingo. Cuando uno se equivoca, ha de reconocerlo. En la reseña de dos canciones de su actuación en el Primavera Sound, deduje que su garage rock seguiría así toda la vida. Desordenado, impulsivo, divertido y prolífico, aunque capaz de manejar atmósferas distintas con solo proponérselo (el más acústico “Sleeper”). La gran diferencia de “Manipulator” es el freno a su proselitismo y el freno a su visión acelerada de una carrera discográfica. Esta vez sí. Seguramente porque se lo ha tomado más en serio, reflexionando sobre lo que quería de cada una de las piezas mientras husmeaba en estilos colaterales. Impresiona su capacidad de mutación/adaptación a los terrenos explorados, sin perder el sello personal y su fama de fabricar rosquillas musicales de digestión rápida. Brilla su guitarra, pero también la variedad. Una voz muy en deuda con el Bowie pre-glam -como en “The Singer”-, psicodelia west coast -tipo Allah Las en “Don´t You Want To Know? (Sue)”– y bastante groove, mutante -incluso en la percusión antes del final- en “Feel”, o amenazador en “Connection Man”. Aquí hay 17 canciones donde escoger el tipo de mordedura a la que prefieres ser sometido. Y Mikal Cronin respaldando.

 

Ganglion Reef” (Wand). Arranque psico enrevesado -rozando el prog– para discípulos de la escudería de Ty Segall que, gracias a la soldadura de los teclados, empastan un sonido de gelatina electrónica casi elegante. Después de demostrar sus aptitudes para incluso sonar pop en la tercera pieza -tiene “Broken Candle” una fosforescencia coloreada similar a la de los Flaming Lips felices-, resumen todo su abanico en una misma canción llamada “Fire On The Mountain” dividida en tres partes, la última muy Pink Floyd, así como una “Growing Up Boys” que había empezado con un contrapunto sedante. Como todo álbum de este estilo que se precie, esgrimen un cierre –“Generator Larping”– para romper en cualquier festival: psicodelia imparable jugueteando con el caos. El álbum que conectaría a su padrino Segall con The Horrors.

 

Luminous” (The Horrors). Apenas datos que añadir a lo que se ha dicho de ellos en esta página durante los últimos años. Por muchos efectos especiales con que nos aneguen, tienen la misma esencia que otras bandas muy británicas de pelaje similar, con estribillos opiáceos sobre ritmos que albergan psicodelia de manual. Me gusta la melodía de “I See You”, escorándose en un momento determinante hacia el lado Bowie de la vida.

 

DSU” (Alex G). Un joven de Pennsylvania llamado Alex Giannascoli se gradúa con un debut de indie casero. Podría llamarse lo-fi, pero esto equivaldría a extirparle los matices de inocencia familiar. Es fácil de escuchar y parece fácil de interpretar cuando te enfrentas al tono de perversa imperfección de la batería, o a los acordes que chirrían sin demasiada vocación tecnicista. Capaz de inocular una guitarra venenosa en “After Ur Gone”, y encandilar como Jonathan Richman en “Harvey” y “Rejoyce”. Casi a punto de desafinar. Vuelve a rondarme la imagen del primer álbum de Sparklehorse, o la de unos imaginarios Pixies unplugged.

 

Before There Were Pictures” (Pale Lights). Me dio el chivatazo un amigo fan de Lloyd Cole hace pocas semanas, así que solo lo he escuchado a través de bandcamp. Cuarteto de pop sencillo, con la acústica rítmica marcando el paso de casi todos los temas. Alguno hay más reposado, como “Teary Eyes (1959)”, y se agradecería una mayor diversificación pues, a pesar de que son todos bonitos, al final la sensación es la de escuchar el mismo durante casi toda la duración. Para completar el perfil, añadamos que produce Gary Olson, el de The Ladybug Transistor y The Lucksmiths. Dobles parejas.

 

Sukierae” (Tweedy). Este álbum no va a cargo de Jeff Tweedy sino de Tweedy, por ser una excursión discográfica familiar. Tienes dinero, reputación, y un hijo postulándose como percusionista. Orgullo de padre. En “Sukierae” flota una atmósfera hogareña artesanal con un padre embobado por las facultades de su retoño, el gran beneficiado de las mezclas. Desde su dimensión -doble álbum, veinte canciones- sin atender a más razones que al deleite de los protagonistas, y con apenas un par de concesiones al ideario Wilco -sobre todo en la vertiente Beatles de “Summerteeth”: “Low Key” entera, “Summer Noon”, la voz Lennon de “World Away”-, padre e hijo construyen un universo sencillo donde exploran varias vías. Una muy en boga actualmente, la recuperación del Beck de hace veinte años por Mac DeMarco (“High As Hello”) con matices personales del guitarrista (“Down From Above”, “Hazel”); otra más asilvestrada (“Wait For Love”), o la que supura raíces (“Desert Bell”, “New Moon”, “Fake Fur Coat”). A destacar también el empeño de Jeff en preservar una parcela individual, reflejado en las acústicas “Pidgeons”, “Honey Combed” y “Nobody Dies Anymore” (esta última con su explícito título quizás relacionado con el cáncer de su pareja). En definitiva, todo lo que se espera de un proyecto paralelo fuera -pero dentro a la vez- del contexto de la marca de la casa.

 

Chroma” (Eugene McGuinness). El debut de Eugene McGuinness fue tan esperanzador como para citar el mini álbum en las listas anuales de 2007, debido sustancialmente a la mezcla de acústicas con piano de temas como “Vampire Casino”, “Bold Street” y “Vela”. Formato, color de portada y alguna sutileza musical invitaban a pensar en el legendario disco de Cardinal. Siete años y dos grabaciones más le han llevado hasta “Chroma”, donde se presenta más asentado y con menor proyección. ¿Conformista? Se impone un flujo uniforme clásico, de escuela Beatles -en “Amazing Grace” ya parece uno de ellos-, con distintas velocidades -la de “Godiva” evidentemente atrapa, así como la de “Black Stang”-, acotando las variables a los límites de su gusto exquisito. Aquí no hay sobresaltos, aunque sí canciones. Ni revolución ni evolución. Tan solo clase.