Baby” (White Hinterland). Nadie es ajeno a su entorno. Ni los artistas. Casey Dienel, cinco años atrás, se postulaba como cantautora imaginativa sucesora de las clásicas. La cosa sin embargo ha cambiado en el universo de la música femenina representada con mayoría de ejemplos de country y folk, con solo unas cuantas intrépidas pioneras -recuerden a Laurie Anderson: de eso hace 35 años- explorando nuevos territorios. Hoy las amazonas se cuentan por docenas triunfando -a St. Vincent y Julia Holter me remito- sin ceder a las tentaciones del mercado y sin renunciar a instinto y talento. De modo que este tercer álbum -en medio “Kairos” se encargó de la transición- es bastante más complejo: estructuras rebuscadas, incremento de tecnología y melodías no tan directas, aunque cuando quiere, con solo voz, piano y unos coros -como en “David”– llega instantáneamente. Se respira sana competencia en el sector.

 

I Never Learn” (Lykke Li). Cuando sobrevuelan las cuerdas entre la melodía dibujada rasgando la guitarra en “I Never Learn”, e imaginas a la sueca en un atardecer californiano mascullando desamores, intuyes que ha parido un álbum sentido desde la madurez. Y con toda la pompa posible. Más de la mitad de las canciones gozan de estribillos grandiosos -con arreglos tipo Abba, sí- que por separado funcionan, pero todos juntos, en un mismo disco, generan fatiga.

 

Neuroplasticity” (Cold Specks). Tras un primer álbum de portada pálida pasamos al rojo/negro inflamado de “Neuroplasticity”, donde la voz soul de Al Spx queda más desnuda debido al acompañamiento instrumental a tono con el diseño. Los matices folk han mutado en sonidos lacerantes y descarnados, ya presentes nada más empezar con “A Broken Memory”. Parece una falsa alarma con “Bodies At Bay”, concediendo ritmo y melodía, aunque se rompa a mitad de canción. Esa voz de sentimiento negro, impregnada por la épica instrumental, funciona en “Let Loose The Dogs”. Pero al cabo de diez temas buceando en meandros enfangados -la presencia de Michael Gira correspondiendo a una colaboración previa de Spx dice mucho-, llego a la conclusión que, pese a admirar su posicionamiento e intensidad, prefiero la belleza glacial del primer encuentro que las esquirlas de las brasas actuales.

 

Choir Of Echoes” (Peggy Sue). Llevan porfiando una década Rosa Slade y Katy Young para sacar adelante su fórmula de folk con mentalidad instrumental indie. Para retroceder a un tiempo que aguante el paralelismo, en “Choir Of Echoes” parece como si Natalie Merchant se hiciese acompañar por Throwing Muses. Y aunque pueden a veces quedarse en el lado formal del folk como “How Heavy The Quiet That Grew”, o probar con algún tema de pulso wild west (“Idle”), la mayor parte del disco es eléctrica (incluso en “Longest Day Of The Year Blues” se permiten rematar el final con solo percusión y voz). Tras la mesa han sido ayudadas esta vez por Jimmy Robertson (Jamie T, Haim, Florence) y John Askew (Neko Case, The Dodos).

 

The Other I” (2:54). No me atreví, pese a escucharlo varias veces, a opinar sobre el primer álbum -mezclado por Alan Moulder– de estas hermanas londinenses. Ahora tampoco debería, pues sigo sin poder afirmar si me gusta o solo me atrae, pero quería dejar constancia de ello amparado en su trasvase a Bella Union. Sonido 4AD nineties revestido de las incorporaciones electrónicas actuales que liman las partes ásperas endulzándolas. Ni Cocteau Twins ni Blonde Redhead ni Lush (ni Warpaint o Poliça, por citar a mujeres de otra escudería contemporáneas). A veces algún pasaje escuece -como “No Better Prize” o “Crest”-, mientras en otros –“The Monaco”– se muestran sorprendentemente accesibles. Estupenda la cenefa de guitarra junto a voz sobre percusión briosa en la primera parte de “South”.