Morning Phase” (Beck). Beck ha reaparecido. El otro Beck. El otoñal de “Mutations” y “Sea Change”. Esta vez no retrata la ruptura de una relación, sino que refleja el tiempo de inactividad transcurrido por baja laboral y las cicatrices que permanecen al superar una enfermedad. Es un Beck maduro, reflexivo, casi litúrgico, cuya serenidad prevalece sobre la alegría del retorno. En muchos tramos podría pasar por uno de los cientos de cantautores mimando su colección de composiciones, como “Heart Is A Drum”. Podría ser tanto Elliott Smith como JBM o Jonathan Rice, a no ser porque en todo momento inventa cualquier pequeña argucia -la filigrana de puntilla al final de “Blue Moon”– capaz de devolverlo a la brigada de los exploradores en la cual hace quince años era miembro destacado. Si algo no obstante cambia la óptica del álbum es una melancolía adulta imperceptible en los tiempos de Nigel Godrich, enfatizada aquí por los arreglos de David Campbell, su padre (no muchos saben que es un reputado productor, con un currículo abarcando Adele, Justin Timberlake, Michael Jackson, Miley Cyrus, etc). No se entiende este álbum sin la grandeza orquestal del principio en “Cycle” (al estilo de Jim Webb o de una banda sonora de Randy Newman), o de otras piezas también orquestadas -en “Wave” ya acaparando el protagonismo- para ensalzar esa voz con tono incapaz de sonar feliz. Beck afirma que, durante la grabación, manejó temas más alegres descartados con la intención de convertir el próximo trabajo en la antítesis de éste.

 

Ghost Stories” (Coldplay). Tenemos un problema, Houston. Hasta hace un par de discos, mejor o peor, Coldplay habían sobrevivido con nota en un entorno mediático indie hostil desde que se consagraron con el segundo álbum “A Rush Of Blood To The Head”. Un grupo que pasó del rock al pop (más piano, menos guitarra) sembrando grandes melodías con barniz tristón. Su éxito sublevaba a los sectores punteros, que les pusieron el sello de conformismo capitalista, pero a mí me parecía (su éxito) merecido: prefería escuhar en la radiofórmula sus canciones que otras con menores virtudes musicales. Y si habían copiado la parte más vulnerable de los primeros Radiohead, la supieron comercializar con honestidad. El problema de “Ghost Stories”: quiere evolucionar apuntándose al carro de lo que impera. Su melancolía, apta para soportar arreglos tipo How To Dress Well, pierde personalidad si los últimos se imponen sobre la primera (caso de “Magic” y “Midnight”). Demasiada electrónica light a la mode para encubrir algunas composiciones insustanciales (y ya no quiero entrar a valorar una “A Sky Full Of Stars” con subida casi trance para rememorar la euforia de “Viva La Vida”). Ahora bien, cuando se centran en el piano y en la voz de Chris Martin, los sigo percibiendo -más o menos fértiles que en el pasado, clásicos, envejecidos, etc- como una banda de dignidad contrastada.

 

The Take Off And Landing Of Everything” (Elbow). Título del año. El despegue y aterrizaje de todo. De todas las cosas. La orfebrería del inicio de “This Blue World”, con la voz limpia de Guy Garvey sobre percusión suave y teclados litúrgicos, se eleva cual despegue mayestático. Siete minutos donde cada nota, aunque previsible, es la que tiene que ser. La producción es tan cuidada -mucho más que la de los cuatro instrumentos básicos- que “Charge” y “Fly Boy Blue/Lunette” arremeten como bandas sonoras cantadas, entre Barry Adamson y John Barry. “Colour Fields” equivaldría a poner el piloto automático, mientras el tema clave es el titular, con su aura magna. Estamos en un espacio aéreo difuso, demasiado intenso para citar a Coldplay y no lo suficientemente intenso para pensar en The National. Se identificarán con los símiles aquí esbozados quienes utilicen el avión con cierta frecuencia. La futilidad de lo que acontece abajo si las cosas se tuercen arriba, el desarraigo…o esa masa de sonido ribeteando “My Sad Captains”, cuya adrenalina evoca el glorioso momento cuando, faltando tres minutos para el aterrizaje, se abren las compuertas de las ruedas y se avista la pista.

 

The Cautionary Tales Of Mark Oliver Everett” (Eels). Tal como puedo admirar a Mark Everett como compositor y letrista, reconozco que desde hace años le sigo con intermitencias. Vuelvo a su música de vez en cuando porque sus discos -por iguales- me han dejado de sorprender (más que de interesar). Su perspectiva del pasado y sus avatares/incidentes/desgracias me han servido de terapia en algún momento, cuando tenía un bajón: al otro lado de los altavoces había alguien más desgraciado que yo. Su pop es instantáneo pero al cabo del tiempo tanto da un tema que otro. Y esa voz preñada de fatalidad, como desplegada desde un megáfono, sumergida en melodías easygoing, a veces angelicales, en ciertos momentos te confunde hasta hacerte pensar que estás ante una canción de Randy Newman (como “Agatha Chang” o “Gentlemen´s Choice”). Podrían y pueden actuar como sucedáneo por su pasmosa facilidad. Pero hay cosas que no se pueden suplantar, como la astucia, el sentido del humor, el cinismo y la ternura inteligente. Sigo enzarzado sin embargo en su impacto inicial con “Beautiful Freak”, esperando inútilmente otro golpe en el estómago en vez de palmaditas en la espalda de otro cincuentón. Aunque, ojo, además de no rechazarlas, reconozco que me alegran más de un día tonto en el que cometo el error de mirar atrás (“Mistakes Of My Youth”).

 

Model Of You” (Cloud Boat). Me gusta la modestia con la que encara la parte megalómana de su música este dúo londinense mezclando la tristeza eléctrica con la tristeza electrónica. ¿Imaginan un cruce entre Coldplay y James Blake? Nah. La tristeza de Cloud Boat es menos estética, con las guitarras gélidas calando en las cuerdas de una voz herida de amor. Puede atisbarse alguna cabalgata tipo Foals, pero el forjado del álbum muestra que aquí hay más corazón.