Joseba Irazoki. El Jim O’Rourke euskaldun. Músico inquieto, colaborador incansable, guitarrista inmenso y persona arrolladoramente encantadora. Y es que son ya 20 años de conciertos y grabaciones, de tocar con idéntica pasión ante miles de personas junto a Mikel Erentxun o en una ruidosa improvisación free ante cuatro despistados en un bolo de taberna y de cuidar con el mismo mimo los cd-r autoeditados de folk-drone lisérgico o los punzantes riffs que aporta al sonido de Atom Rhumba. 20 años a tumba abierta. 20 años de bagaje que le dan el valor para subir a un escenario y representar a ese one-man-orchestra entre el Tom Waits de “Real Gone” y el Jonathan Richman más frenético con el que habitualmente nos deleita en sus gloriosos conciertos.

Y sin embargo es ahora, después de todo este tiempo, que se presenta por primera vez en el formato clásico de cantautor rock con banda a su medida, dispuesto a tener también su propio “Eureka” o ya puestos, el “Yankee Hotel Foxtrot” de “Joseba Irazoki eta Lagunak” (Joseba Irazoki y amigos). Un paso ambicioso, que a estas alturas puede devenir en obra maestra o en lustroso y estéril bluff, que para mas inri aumente la popularidad del artista y justifique un triste y autocomplaciente declive. Solo el tiempo puede determinar tanto una cosa como la otra, aunque en este caso, dado el limitado alcance de una obra cantada íntegramente en euskera y el espíritu indomable de Joseba, dudo mucho que la segunda vaya a cumplirse.

En cualquier caso lo que tenemos aquí y ahora es un disco excelente que, de entrada, debe mucho a la tradición de rock “oblicuo” de Chicago. Los devaneos acústicos de Joseba recuerdan a las punzantes asimetrías de Gastr del Sol, su empuje eléctrico es tan poderoso como el de los Shellac más lacerantes, y su capacidad melódica tiene el brillo del Jim O’Rourke mas pop. Pero Joseba es mucho más aún. Su voz posee una cálida sensualidad que le permite fundirse con polirritmias afros y trompetas infinitas para crear sugerentes texturas de carne y piel que casi podemos tocar. Puro erotismo sonoro que se mueve en oleadas de tensión/relajación dignas de Lisabö o llena el aire de electricidad estática, seductora y amenazante como la de Sunnno)))

Mención aparte merece la sección de viento integrada por Iban Urizar a la trompeta e Igor Telletxea al trombón, capaces de tensionar sus instrumentos a extremos free o de juguetear con ritmos y melodías de aire mediterráneo que recuerdan a Beirut o incluso a las bandas gitanas de “Gato Negro / Gato Blanco”.

Pero es quizá en la última pieza “bonbila ta elektrotxatarra” con su trance-blues tuareg, su melodía serpenteante y su trompeta arrabalera donde la banda despliega su potencial con mayor esplendor, da verdadero sentido a este estupendo disco y nos hace desear que su amistad dure muchos muchos años más.