Los avatares de The Decemberists tras casi tres lustros podrían haberles conducido a parajes muy distintos según la utilización del folk que hubiesen elegido aplicar. Tanto hacia la vertiente más alternativa y atribulada apuntada anteriormente por Neutral Milk Hotel como en la de diseño anglófila actual de Mumford & Sons. Y es evidente que su fichaje por una discográfica con caché cambió perspectiva y sonido en su momento, pero aún a día de hoy, después del éxito del álbum anterior “The King Is Dead”, se hace difícil etiquetarlos en un estilo cuadriculado. Por muy dóciles que suenen.

Con un título como “What A Terrible World, What A Beautiful World” (Capitol/ Rough Trade 2015) respondiendo a los sentimientos encontrados que nos invaden a diario, producido por Tucker Martine– desconocía que es el marido de Laura Veirs-, el álbum se mantiene entre lo alternativo y lo tradicional dividido en tres tercios. El primero, una vez superado el inicio sereno de “The Singer Addresses His Audience” que degenera en fragor antes de terminar, se centra en el pop, conciliador en “Cavalry Captain” y con olor vintage en “Philomena”.

El segundo tercio es el que contiene el meollo folk, sobretodo en la bellísima “Lake Song” y en la diana de “Till The Water Is All Long Gone”, sin desmerecer lo acústico íntimo de “Carolina Low” ni los banjos, mandolinas y buzukis de “Better Not Wake The Baby”. Para el último tercio guardan las de regusto de madera noble, en plan The Band como “Anti-summer Song” y “Mistral” (también “12/17/12” tiene armónica), así como una “Easy Come, Easy Go” con la guitarra twang estilo Chris Isaak. En conjunto se podría hablar de plenitud y madurez si no es porque hay algo en la música de The Decemberists -no sé, tal vez debido a un estilo no del todo personal- diciendo por lo bajo que podrían hacerlo aún mejor, o lo que es lo mismo, entregar una docena de piezas del calibre de “Lake Song”. Ya saben, la perfección no existe.