En mis años formativos musicales era un obseso de los créditos. Conocía los nombres de los músicos de sesión más reputados, pues su presencia -la de los que me gustaban- era garantía suficiente para arriesgarme a comprar el disco. La lista -reincido, la de los que me gustaban- era tan larga como para escribir un libro con las características, virtudes y vida laboral de cada uno. Por desgracia últimamente no hay mes en que no se produzca el fallecimiento de alguno de ellos.

El pasado diciembre le tocó a Bobby Keys, entrañable saxofonista tejano con una vida muy ligada a la etapa de los Rolling Stones más gamberros -la causa parece que fue una cirrosis- que sopló -¡y de qué manera!- en canciones como “Brown Sugar” o “Happy”, con una vitalidad desbordante capaz de arrastrar al espectador mucho antes que Clarence Clemons.

También apareció en el listado de grabaciones de todos los Beatles por separado -menos McCartney-, así que es de los pocos instrumentistas con razones para presumir de haber trabajado con las dos entidades musicales fundamentales de una época. Que, por supuesto, no fue en forma de dedicación exclusiva. Colaboró en discos de otros músicos de aquel entorno –Joe Cocker, Nilsson– y de colindantes, como Delaney & Bonnie, Eric Clapton, Faces, John Martyn o Leo Sayer. Su currículo fuera de Europa fue impresionante, desde AC/DC hasta Carly Simon, Van Dyke Parks, Andrew Gold, Dr. John, John Hiatt, Joe Ely, Terry Allen o el también malogrado Warren Zevon. Seguramente ambos compartían el lema I´ll sleep when I´m dead.