Algunos hijos de papá parece que no sirvan para nada, pero están en todos los fregados. Han estudiado junto a hijos de otras familias influyentes, han sido educados en un entorno artístico donde los contactos importan, y han aprendido a moverse en varias disciplinas con más astucia que talento real.

Podría tratarse del caso del recientemente fallecido Kim Fowley. Hizo codos en el colegio, por citar a algunos, junto a Jan And Dean, Nancy Sinatra y Ryan O´Neal. Se metió en el universo artístico como empresario y productor, compuso algún que otro tema famoso (“Nut Rocker” de B. Bumble And The Stingers), se apuntó al glam rock, juntó a The Runaways en 1975 y, a base de aprovechar o despreciar los muchos trenes que han pasado por delante en su vida -estuvo relacionado con Gene Vincent, Soft Machine, Byrds juntos y por separado, Alice Cooper, Kiss, Jonathan Richman y Kris Kristofferson entre muchísimos otros-, llegó incluso a participar en “pom pom” de Ariel Pink antes de morir.

Su legado más importante como músico es el álbum “International Heroes” (Capitol 1973) donde, al ver cómo David Bowie explota con “Hunky Dory” y Lou Reed le sigue con “Transformer”, se apunta al carro. No hay más que ver la portada de los tres álbumes para establecer las conexiones y averiguar quién llegó último. De hecho su glam se percibe como más cosmético, chapucero (importado) y arribista pero al mismo tiempo, avispado, se anticipa como artista camaleónico.

Tiene, al igual que “Hunky Dory”, mucho de Dylan el disco. De Dylan y de Rolling Stones, como “King Of Love” o “Something New”, incluso incidiendo en la cara más macarra de estos últimos en “Dancing All Night”. De modo que no es glam en el sentido estricto más allá del estético, sino música pop con dos o tres canciones excepcionales, “International Heroes”, “World Wide Love” y la elocuente –Fowley tenía la mochila repleta de anécdotas- “Ugly Stories About Rock Stars And The War”, con un estribillo imborrable y base de mandolina (combinación también ya usada por Rod Stewart en “Maggie May”, todo sea dicho). En el límite siempre difuso entre la pillería, el esperpento y el talento, es quizás el artista idóneo para reivindicar la famosa frase con la que Todd Rundgren titulaba un disco. Con interrogantes ¿A wizard or a true star? Seguramente ambas cosas o ninguna. Sin medias tintas. En cualquier caso, nos ha dejado un personaje carismático.