Si trasladásemos al tiempo presente la polémica entre Rockdelux y Ruta 66 hasta más o menos finales del pasado milenio acerca de valores y actitudes musicales, Los Penúltimos se escorarían decididamente a la línea editorial de los segundos. Solo con la contraportada de “Pequeñas Victorias” (2014) mostrándonos a sus miembros en un pub (o bar de noche: en las estanterías proliferan botellas de alto octanaje) ya quedamos advertidos de la declaración de principios. Rock mutado a blues rítmico al paso de los años y las cervezas sin rubor a sonar rancio.

Precisamente se trata de esto. Inmersos en un entorno donde prima estar a la última, condenados la mayoría de artistas a los arbitrios caprichosos de las innovaciones tecnológicas, este cuarteto de Madrid guiado por las canciones de Ernesto Ulibarri reivindica el rock cazurro y obsoleto de toda la vida, el que te hace sentir bien sin coartadas. Pueden sacar la armónica en “No Tengo Prisa” y “Blues Del Calamar” y sonar más o menos blues o boogie -sin olvidar el humor necesario para disfrutarlos, muy alejado de las aspiraciones conceptuales del art rock: aquí la vida es muy sencilla tomando el sol bajo el mar/ ¡qué buena es la vida, la vida del calamar!/….porque soy un calamar….me llamo Ernesto-, incluso darle acento jamaicano en “Un Nuevo Día, Un Nuevo Amor” o abrirse ligeramente en “Frío”. Pero siempre conscientes de la prioridad de pasar un buen rato los músicos juntos, a ser posible con algo de público.

En España proliferaron grupos de este estilo durante los años 1985-1995, pero de algún modo les perdía -sin citar nombres- la parte extramusical. Los Penúltimos no tienen esta lacra. Son cuatro tipos como tú o como yo -unos más calvos que otros- que se niegan a perder sus raíces para abrazar el becerro de oro, sin importarles quedar relegados al marginado territorio viejuno del mercado. Respeto y un brindis a su salud.