Cada uno recuerda los acontecimientos a su manera. Llegué a la música de The Church rebotado por un nombre en la lista de créditos de “The Church” (1982, también conocido por el título originario “Of Skins And Heart”). En aquellos tiempos, cuando no tenías la oportunidad de escuchar un disco nuevo como tienes hoy, la figura de un músico de sesión reputado colaborando en un álbum suponía una información de peso. Y si se trataba de un productor en quien confiabas a través de su currículo, la curiosidad se tornaba deseo. Por eso pensé que, encargándose Bob Clearmountain -cuya aportación figuraba en discos de Chic, The Rezillos, Bruce Springsteen, Ellen Foley, Rolling Stones, Garland Jeffreys, etc-, la inversión quedaría amortizada. Al escucharlo y llegar a la tercera pieza, “The Unguarded Moment”, ya supe que debía añadir otra banda a mi lista de preferidas.

No obstante The Church, pese a la vocación musical flagrantemente australiana -solo con la voz ya muestra Steve Kilbey el pasaporte-, jamás superó el estigma de banda de los 80. Como The Go-Betweens y The Triffids de hecho, solo que con pequeños detalles subrayando su incapacidad de controlar su destino. Lo más importante, la presión por conseguir el éxito. Clearmountain aguantó un álbum más, “The Blurred Crusade”, intentando aunar orígenes australianos –“To Be In Your Eyes”-, accesibilidad –“Almost With You”– y aspiraciones artísticas, como el apunte psicodélico de “You Took”. Le siguió “Seance” (1983), quizás su disco globalmente más completo y recomendable. Asumían más riesgos, afilaban aristas gracias a la ayuda de Nick Launay -curtido junto a Killing Joke, P.I.L, Gang Of Four y The Slits-, empezando a cuajar un estilo: los riesgos de “Travel By Thought”, la urgente inmediatez de “One Day”, el toque Echo And The Bunnymen de “Dropping Names”, la concesión a los melódicos de “Electric Lash”, y el hermoso final con el crescendo de “It Doesn´t Change”.

Sin resultados económicos satisfactorios, buscaron a otro productor. Para “Heyday” se utilizó a Peter Walsh -véase Simple Minds y Peter Gabriel– con mayor dedicación a los arreglos. Tampoco funcionó. Y así llegan a los brazos de Greg Ladanyi y Waddy Watchel -amplio currículo el de ambos, que confluye en artistas como Jackson Browne, Warren Zevon o Don Henley– para trabajar en “Starfish” (1988), el disco que alberga la pieza capaz de romper el maleficio –“Under The Milky Way”– y por fin premiarles con la relativa popularidad. Unos acordes acústicos lánguidos, la voz de Steve describiendo el vacío -inspirada en uno de los locales más famosos de Amsterdam donde se podía fumar legalmente, Melkweg- y esa tonada que nadie desea que termine jamás.

Como otros grupos de su continente, al cambiar la década todo se empezó a romper. De una forma u otra siguieron una vez recompuestos, y algunos fieles mantendrán la defensa de los años posteriores a capa y espada. Pero ya no era lo mismo.