Cuando alguien trata de convencerme de las excelencias de un disco acentuando ante todo la supuesta calidad de sus letras, desconfío. Fijar demasiado el foco en el qué de una canción se llama sobreestimar, y puede llegar a interferir seriamente en lo esencial de una composición musical: la poesía implícita que desprenden los sonidos implicados en ella más allá de la semántica lingüística.

La defensa de este recelo se aplica para casos como el de Dominique A. Mi conocimiento del idioma francés y, por tanto, del mensaje que va adherido a sus textos es francamente limitado (casi inexistente), lo que jamás me ha impedido disfrutar y, llegado el caso –frecuente-, emocionarme con el grueso de sus creaciones. Definitivamente, el potencial de una propuesta como la del de Provins -y, en general, la de cualquiera que interpreta y/o escribe una canción- se encuentra en algo que va mucho más allá del significado de las palabras. Lo más importante, de cualquier manera, es la sonoridad de las mismas, el convencimiento al pronunciarlas y la capacidad de atracción que pueda generar todo ello.

“Éléor” (Cinq 7, 2015) es un disco más de Ané y, por lo tanto, no uno cualquiera. Quizá una vuelta a la inmediatez y accesibilidad de “La mémoire neuve” (1995; realmente el comienzo de su apabullante corpus artístico) o “Auguri” (2001) en contraposición a la espesura de su anterior trabajo, “Vers les lueurs” (2012), lo más reconcentrado que ha hecho junto con “Remué” (1999).

Su último cancionero sigue transpirando el desbordante romanticismo existencialista, la firme musculatura declamatoria y la pulsación indestructible de siempre; el mismo fino instinto para encontrar el tempo adecuado y, con él, la tensión enhebrada a una fórmula que, felizmente, sigue tan viva y tan vigente como hace veinte años.

Driblando la chanson, el post-rock, el art-punk o el pop de cámara hasta hacerlos inclinarse sin remisión a sus deseos, el francés consiguió hace años convertir sus miedos, convicciones y arrebatos en un estilo intransferible: la aspiración de cualquier artista.

“Éléor” como el enésimo ejemplo de disco ideal para iniciarse (el que no lo haya hecho aún) en el mundo de Dominique A, lo cual ya es de por sí una garantía y demostración del poderío y la frescura de un autor infatigable y, por lo que se escucha, inmarchitable. No hay más que acercarse al aguijoneo juguetón de los teclados de “Central Otago”, a la pericia en los movimientos de cámara de “Celle qui ne me quittera jamais” o a los claroscuros henchidos de turbadora prospección confesional de “Cap Farvel” (descolgando a compañeros de viaje como Tindersticks) para darse uno cuenta de que el estado de gracia sostenido en el tiempo existe –aunque el resto de artífices se empeñe casi siempre en lo contrario-, que magia y precisión pueden seguir yendo de la mano gracias al autor de “Le twenty-two bar”.

¿Y qué importa lo que nos esté contando si el cómo sigue resultando tan concluyente?

Nuevo golpe de autoridad de quien difícilmente encontrarán ya un equivalente.