`Two parts of old grandad whiskey, one part water distilled with morning glory seeds, wait ten minutes, light a cigarette´. Está escrito en la contraportada de “Primrose Green” (Dead Ocean 2015) con la cara sonriente de un Ryley Walker rural. En la anverso una foto suya, fundida entre las tonalidades amarillas y verdes de un prado, evoca el espectro de un Nick Drake menos guapo y aniñado.

No tienen tanto que ver las músicas de ambos salvo el nexo de esta imagen con el folk inquieto que se cocía en el horno campestre de la discográfica Island. Walker ha llegado a este punto partiendo de sus orígenes ruidosos juveniles y pasando por el country blues, pero podría haberlo hecho desde otra órbita (como Midlake en “The Courage Of Others”). Hurga en el pozo abandonado del folk inyectado por la metodología de músicos de jazz que hace casi medio siglo cavaron algunos jóvenes pioneros –Van Morrison en 1968 con apenas 23 años en “Astral Weeks”, Tim Buckley por aquel entonces con 21 años y dos álbumes- y adoptaron otros -también semiolvidados- pocos años después.

Teniendo en cuenta que uno de mis recopilatorios favoritos de todos los tiempos es “So far so Good” de John Martyn en términos de resonancias (el ejemplo: “Glistening Glyndebourne”), me resulta imposible ser imparcial con este álbum. Walker investiga, más relajado o más histriónico, en la misma pulsión y en la misma reverberación desde las profundidades insondables de los instrumentos. Bajo un humo cuya neblina da forma a sensaciones que no pueden diseccionarse fácilmente (ese 6.2 de Pitchfork ni tiene en cuenta el arranque de “Summer Dress”, de “Love Can Be Cruel”, ni el contrabajo de “Same Minds”), tanto si se arrima al trance con un final como el de “Sweet Satisfaction” como si recurre al ambiente de medianoche de “Solid Air”. Hablamos de un estado mental y de un grandísimo trabajo. Sin falsas expectativas, pues es justo admitir que pierde en las comparaciones con “Astral Weeks”. Mejor dejémoslo en que es el “Astral Weeks” del 2015.