El concierto de Kendrick Lamar el año pasado fue como una revelación, y a partir de él entendí que se había abierto una nueva vía en el retorcido callejón -muchos auguran cada año su cul de sac- del hip hop. Sobre el escenario un joven normal -con su camisa seria, sus maneras serias y su rap serio- controlando una masa de sonido apabullante, lejos de la gesticulación degradante simiesca -siento decirlo así porque no es mi intención pasar por racista- de la coreografía de muchos protagonistas del género: por fin un modelo fiable para representar el estado de madurez con que el hip hop ha de afrontar el nuevo siglo, preservando los textos afilados, la esencia reivindicativa y la contundencia rítmica, liberado de las sudaderas con capucha y el oro. Aún a riesgo de pasar por un vendido o un pijo infiltrado en las emisoras de las universidades blancas, yo, y hablo a nivel estrictamente personal como admirador del guión de la película “Adivina Quién Viene A Cenar Esta Noche”, si perteneciese a la comunidad afroamericana me sentiría mejor representado por una persona como él -o como Frank Ocean– que por otra que se aferra a la marginalidad para alzar la voz y protestar en mi nombre.

Una vez puntualizada la reflexión y tras asimilar la avalancha de buenas palabras que se han vertido sobre “To Pimp A Butterfly” (Interscope 2015), quisiera discrepar en algunos pequeños detalles, básicamente en forma de cliché. Siendo cierto que la comunidad de color norteamericana necesita periódicamente líderes -desde Martin Luther King a Malcolm X– para no sucumbir ante la dictadura racial blanca vigente desde la fundación de los Estados Unidos, encuentro que la oleada de álbumes conceptuales sobre el tema corre el riesgo de vulgarizarlo (o, peor, entrarlo por la ventanilla del arte, y a este álbum, si algo le sobra es concepto). Menos mal que Lamar juega con las cartas marcadas: utiliza todos los estereotipos de una sociedad desfavorecida -el tipo de lenguaje, la obsesión por dinero, cochazos, pistolas y putas- para advertir que ya es hora de cambiar la estrategia y promover el activismo en otra dirección. La sociedad civil no ha de quedarse en palabras, ha de moverse. Porque ya no basta con vender la degradación del barrio -cuando el presidente es Obama– con la intención de vender un millón de copias.

Decía que es un álbum abiertamente conceptual, con un par de versos repetidos en varias canciones antes de variar las últimas frases que forman la conclusión. La guinda está al final, donde aprovecha una entrevista con 2 Pac en una radio nórdica para suplantar al entrevistador alterando el enunciado de las preguntas y así obtener mayor relevancia de las respuestas del artista fallecido.

La parte musical es para sacarse el sombrero. De dicción suave o rapidísima, dependiendo del acompañamiento -aquí se mezcla el piano eléctrico balsámico que ya utilizó Ocean a lo Stevie Wonder, alguna colcha sensual tipo Sylvia Robinson, con segmentos de jazz nocturno, menos belicoso que el apropiado por Public Enemy, vistiendo el spoken word-, no le hace falta un single de éxito para suministrar cachos permeables por donde poder entrar. “i” lo hace de manera bastante directa gracias al sample de Isley Brothers, “These Walls” seduce con su andamio de terciopelo blaxploitation, proliferan frases impactantes -como this dick ain´t free en “For Free? (Interlude)”, como I know you hate me don´t you en la directa “The Blacker The Berry”, como no condom they fuck with you, Obama say what it do en “Hood Politics”, o como el sentimiento contradictorio hacia Michael Jackson diciendo this nigga gave us Billie Jean you say he touched those kids? en “Mortal Man”– para entretener y/o hacernos reflexionar. Con la ayuda de nombres míticos, pujantes y celebrities –George Clinton, Dr. Dre, Flying Lotus, Pharrell, Snoop Dogg-, faltaría más. ¿A quién no le gustaría participar en un nuevo disco de Kendrick Lamar?