Simple Songs” (Drag City 2015), apropiado título para el nuevo disco de Jim O’Rourke. Pues eso es ni más ni menos lo que contiene: canciones, sencillas y estupendas canciones. Reconocibles en su estructura, disfrutables en su agradable sonoridad y paladeables en sus exquisitas melodías.

Poco rastro queda aquí, al menos en apariencia, de su vertiente más ruidista, compleja, exigente y extrema. Tampoco de su pasión por el fingerpickin’ hipnótico de John Fahey, ni por los inmensos drones de Lamonte Young. Este es el Jim O’Rourke que graba para Drag City, el de “Eureka” e “Insignificance”, un cantautor a la americana, enamorado de los fastuosos arreglos de Van Dyke Parks o de la belleza melódica de Judee Sill y con ese cierto aire decadente, elegante y fatalista de un Harry Nilsson, Dennis Wilson, Gene Clark o incluso del Lou Reed más crepuscular.

Resulta sencillo por tanto trazar estas conexiones y situar el disco en unas coordenadas determinadas, de manera que quede catalogado como un excelente ejercicio de estilo de espíritu retro.

Pero, ojo, nos encontramos ante Jim O’Rourke. Uno de los músicos más enigmáticos y fascinantes de los últimos 20 años. Con él nada es sencillo, simple, ni predecible y mucho menos catalogable.

Bajo la engañosa apariencia convencional de sus canciones se esconde toda la sabiduría y espectro sonoro de este maestro, que se revela poco a poco en pequeños detalles descubiertos en cada escucha. Todo el bagaje sonoro de O’Rourke, se me antoja entonces necesario para elaborar una obra de este calibre. Su disco más humano, más cálido, más accesible y quizá el mejor (hasta la fecha).