Jamás me he preocupado en averiguar si el término chiruquero está contemplado en la RAE. Es sinónimo de cumbayá, o sea afín a los grupos de excursionistas amantes de confraternizar alrededor de una hoguera en el bosque -los más pesados con guitarra, los más inconscientes encima fumando- bajo la noche estrellada. La especie se ha ido extinguiendo con el incremento del suelo urbano y la irrupción de los perroflautas, musicalmente más agresivos.

Para sonar chiruquero no hace falta ser de izquierdas ni tocar el sitar, sino cantar con las voces juntas unas composiciones con patrones determinados. De hecho a mí me sonaban vocalmente chiruqueras -pese al vestuario antagónico- Bananarama. Y algo de ello tenía el álbum “Into The Diamond Sun” (2012) de Stealing Sheep. Un sonido embrionario que ni era Pentangle ni The Slits, con un punto de vitalidad amateur donde eran importantes las voces y también la percusión, a ratos groovy psicodélico o en las antípodas terminando instrumentalmente con piano paisajista.

El tono apagado de los colores de la portada de aquel disco contrasta con los refulgentes de “Not Real” (Heavenly 2015). Su sonido ha dado un vuelco. El beat de “Sequence” es contundente, y el de “Apparition” sigue el rastro de la pista de baile, aunque las voces indican que se moverá el cuerpo con las chirucas puestas. Ha entrado hasta la cocina el synth pop (“Love”), quedándole la insolencia necesaria para enredar (“Sunk”) o avistar la psicodelia desde otro ángulo (“This Time” es más Allah-Las) y no caer en las aguas de Purity Ring.