Tengo una amiga virtual a la cual no conozco en persona. Compartimos información esporádicamente desde hace muchísimos años -antes de facebook, cuando imperaban las salas para chatear, en nuestro caso de música- y siempre me he fiado de su opinión. Seis meses atrás le sonsaqué un nombre a rescatar del 2014: Adrian Crowley con “Some Blue Morning” (Chemikal Underground 2014).

No me desviví por hacerme con él en seguida. Al fin y al cabo no era una novedad caliente, el artista ya tenía una serie de grabaciones -así como una edad- y su nombre no figuraba en ninguna escena con visos de next big thing (normal si resides en Irlanda). Permaneció en mi lista de no prioritarios hasta que le llegó el turno.

A Adrian Crowley, de padre irlandés y madre maltesa, que ha vivido en Camerún, le llaman el Bill Callahan europeo. Es algo más condescendiente que el norteamericano en los arreglos resaltando la melodía, pero su voz desprende la misma dignidad y elegancia, con ese tono grave solo al alcance de los que persiguen -como Cohen– comunicar la simbiosis total entre música y texto. Esa autoridad severa capaz de erguirse por encima de orquestas y violines para dejar constancia de que entre las notas se desarrolla una historia, aunque esté edificada sobre detalles nimios. La entrada majestuosa de la voz en “Some Blue Morning” o la sedación inducida de “Trouble” son ejemplos tan válidos como la orquestación de “The Gift” o la más inquietante “The Angel”.

A mí sin embargo me impresiona la vehemencia de su recitado sobre arpegio y violín en “The Wild Boar”, una narración que sobrecoge. Como un libro en el que cada página supone el preludio de la posterior, la historia florece entre millas de pinares (el atropello de una especie aparentemente extinguida en la zona, un jabalí, la meticulosidad descriptiva, sus colmillos brillando bajo las estrellas, y lo que después sucedió…entre millas de pinares).

Pero el colofón aún está por llegar con el tema elegido para rematar la obra, “Golden Palominos”. Una frase, una sola frase que, repetida adecuadamente con un coro de susurro juvenil –nuestros días son como corceles dorados, yéndose al galope– construye todo un mundo columpiándose entre la felicidad y la añoranza.

Una vez más he de dar gracias a mi amiga y a sus consejos. Ella sabe quien es.