De mis primeros años formativos como oyente -son años definitorios para dirimir tu personalidad y gustos- recuerdo que hubieron dos pilares esenciales: por un lado descubrir a ese ser mutante y siempre asombroso que es Prince, y por otro los fulgores de paraísos imposibles que desprendían las notas de la música africana. Todos estos hallazgos de la mano de dos anfitriones impagables: Ramón Surio y Luis Lles. ¡Qué tiempos en los que descubrir poco a poco un disco era un acto profético! Días de “1999” y “Soro”; de “Lovesexy” e “Immigrés”, pero sobretodo mucho de “Shongai”. Este álbum de Ketama junto a DannyThompson y Toumani Diabaté era el súmmum de la modernidad y el cosmopolitismo, y a ojos de un imberbe niño de extrarradio era un lienzo en blanco en donde plasmar los bosquejos de vidas en fuga. Hace unos días Antton Iturbe escribía sobre Ndikho Xaba and The Natives, y hacía referencia a un sello – Matsuli Music- por el cual uno sólo tiene palabras de halago. El sello londinense comandado por Matt Temple y Chris Albertyn tiene la fabulosa labor de desenterrar obras hasta ahora poco conocidas en tiradas muy limitadas y editadas con esmero de artesano. La última apuesta de la escudería ha sido volver a poner en circulación un disco cuya hermosura no cabe en este mundo: “One Night On Earth: Music From The Strings Of Mali” (Matsuli, 2015; New Cape Records, 2012) de un perfecto desconocido hasta hoy para quien esto suscribe, Derek Gripper. Un trabajo que, como quien no quiere la cosa, tiende puentes hacia mi pasado y redime a la extraordinaria figura del portento Diabaté.

Gripper, sudafricano afincado en Cape Town, ya lleva muchos años rastreando sus orígenes a través de la música -interpretándola a guitarra, cuarteto de cuerda e instrumentación ad hoc-, y afianzando todas sus influencias en múltiples grabaciones -su primer disco, “Sagtevlei”, data del 2002-: una orografía que recorre las huellas de Brahms, Ravi Shankar, Egberto Gismonti hasta la tradición de la música malinesa.

Esta noche en la tierra es difícil de olvidar. Preñada de silencios y de cadencias que serpentean alocadas, sin rumbo fijo. Son siete reinterpretaciones cuya minuciosidad se me antoja titánica. Transcribir a guitarra de seis cuerdas los sonidos, silencios, y texturas de la Kora es tarea que requiere un complejo aprendizaje. Así lo expresa el autor :”…At firts it was a painfully slow process, working note by note, connecting the dots, trying to find were the bass fitted with the melody, how the accompaniment fitted in with the rest…” Un puzzle en donde encajar cada pieza en esta crisálida de matices. Piezas de noble raigambre procedentes del primer largo de Toumani “Kaira”, y del “The Mandé Variations” cuyas resonancias -grabados en la iglesia de Rivendel (Knysna)- transpiran fisicidad, solemnidad, tradición atávica, y belleza.