Vayamos al grano: Sally Dige se presenta con unas credenciales que no van a revolucionar el mundo de la música. Su apuesta descarada por el synth-pop escorado a pistas de baile de ínfulas arties en melodías que recorren- con caligrafía de trazo seguro- por los márgenes del dark wave y su estética de claroscuros, el fotograma desenfocado en vhs, referencias a Murnau y Bergman, o también los cuentos de los Hermanos Grimm y al rojo carmín, es de sobras conocida por todos. Un paradigma que se me antoja inagotable, y que en muchas ocasiones da pie a que arruguemos el ceño con desconfianza. ¿Qué diferencia a la artista canadiense del resto? Pues no tengo un discurso claro que vaya a convencer a los conversos porque, de alguna manera, yo también rehuyo de tanta sobreexposición de nostalgia y, en palabras de Simon Reynolds, retromanía.Escucho estos días en modo bucle el primer largo de esta artista multidisciplinar – es además diseñadora y performance visual- de descendencia danesa y residente en Berlín. “Hard To Please” ( Night School, 2015) tiene un gancho que te atrapa a la primera escucha. Son cacofonías de un pasado muy reconocible, y que buscan tu identificación a la primera escucha. Versos que transitan por dilemas emocionales, dobles personalidades, y los sempiternos problemas de identidad. Pero vuelvo a Reynolds porque mientras escribo esto dudo hasta de mi sombra: en un extracto de su selección de artículos “Después del Rock: Psicodelia, Postpunk, Electrónica y otras revoluciones inconclusas” ( Caja Negra Editora, 2010) escribe que “Nuestra fe en el progreso en general ha sido sacudida recientemente y de mala manera: por el resurgimiento del fundamentalismo religioso, por el calentamiento global, por la evidencia de que las divisiones raciales y sociales se están profundizando en lugar de declinar. Si da la sensación de que todo lo demás está en retroceso, ¿cómo podría el pobre y viejo pop salir indemne? Probablemente sea por eso que una noción diferente de la música se está afianzando: ya no como el shock infinitamente recargado de lo nuevo, sino como una fuerza de continuidad, un cimiento de estabilidad en un mundo precario”. En una sociedad que avanza irremediablemente a la descomposición política, social, y moral en cierta manera tendría que tener su colorario en las manifestaciones artísticas. Quizás el pop como fenómeno de veneración del pasado en pos de su supervivencia, sea la opción más plausible; ya no hay iconos que desterrar con los dientes bien apretados. La actualidad es una infame cadena de producción de imágenes engullidas y regurgitadas a tiempo récord, y por lo tanto entiendo esta regresión al pasado- y mimetizarlo- que emprenden algunos artistas para hallar la cualidad primigenia y no corrupta que nos hace avanzar. La Historia igual no es cómo nos la contaron, o quisimos creérnosla.

Toda esta perorata no pretende justificar una opción musical u otra, ni tampoco -si bien no estaría nada mal- entablar un debate sobre estos supuestos. Sally Dige dispara mi alarmas, y su cuidado armazón estético da para divagar un buen rato. Pero, ¿y su música qué? Pues es un alambicado muestrario que unas veces encuentra su fiel reflejo en los primerizos Depeche Mode de “Speak & Spell” en piezas como “Hard to Please” o “So far Away”, y en otras como “Doppelganger” parece como si la Madonna de “Into the Groove” hubiera pasado por la sala de mezclas de un avezado productor de italodisco. Una veta aún más oscura explora en “A Certain Beauty” –cómo no, la trilogía siniestra deThe Cure tenía que salir a colación-, y en la magnífica “Losing You” se atisban a los mejores New Order. Un peldaño por debajo de Molly Nilsson, a esta mujer hay que seguirla de cerca. Un buen disco para ir encarando el otoño.