Es la historia de John Scott, el más espabilado de la clase y el único que al final no lo consigue. A los que beben del agua clara de Eau Claire, estado de Wisconsin, la que ha sido embotellada en discos de Bon Iver, Volcano Choir, Megafaun o Field Report, no deben olvidar que el manantial primario fue Josh. No solo lo dice Chris Porterfield de Field Report. Está consensuado por el mismísimo Justin Vernon en “Halocene” (refiriéndose a that night you played me `Lip Parade´, canción que Scott le había mostrado a Vernon en sus años formativos).

Sin embargo diversos sucesos acontecieron para truncar la que debía ser la carrera más brillante de todas las del estado. Enfermedades y depresiones varias que, después de muchos años de parálisis creativa y con la ayuda de buenos amigos agradecidos, se ha concretado en Aero Flynn y este álbum homónimo de sensibilidad supina (Ohh La la 2015). Ahí están apoyando músicos como S. Carey y Matt Sweeney a un alma atormentada -apréciese la acidez de la guitarra solista en “Plates 2” y “Crisp”– que por fin desembucha toda la carcoma que ha ido gestando durante años.

Un inciso a modo de puya contra los detractores. Hay valorar la cantidad de discos con influencia de Radiohead en los últimos tiempos. “Tree” bien podría figurar en “The Eraser” o Atoms For Peace, así como “Floating”. El tipo de lamento con que Thom Yorke suele rajar venas, con fondo dreamy, sea electrónico o con arpegios de guitarra y piano (“Maker”), escuece por todo el cuerpo. Pero si se han de destacar dos temas, que sean “Dk/Pi” -el mejor- por su galopante permeabilidad, y el final “Moonbeams”, onírico, donde la voz se yergue por encima de la dulce nebulosa del piano, quizás reflejando el apego por la vida de alguien a quien un día se le pasó por la cabeza dejar de vivir.