La primera vez que escuché a Julia Holter no me gustó. Impulsado por las críticas positivas en Pitchfork, Boomkat o WIRE compré su segundo LP, “Ekstasis”, con grandes expectativas. Como es habitual en estos casos en muchas ocasiones, la primera escucha no estuvo a la altura de mis esperanzas. De hecho quedó muy lejos de estas. Me sonó ampuloso, vacío y tremendamente aburrido. Sólo salvé algunos destellos que me recordaron a Laurie Anderson y poco más. Las músicas que me hacía recordar en su mayor parte eran poco menos que inconfesables: Enya o los Simple Minds de “Streetfighting Years”…Un horror, vamos.

Pero le di una segunda y una tercera oportunidad, con cierta tozudez melómana y… se hizo la luz. Escuchaba el disco mientras paseaba por el parque del Retiro en Madrid, aislado de la ciudad, entre árboles, senderos, jardines, fuentes y estatuas que remitían a otro tiempo, y parecían habitar un universo paralelo. No sé si fue la música de Julia la que me provoco esta sensación o fue al contrario, pero imagen y sonido se hicieron uno en mi mente y durante el tiempo que duró la escucha de “Ekstasis” pude habitar ese mundo paralelo. Poco importaba ya si su música me recordaba más a Enya o a Cocteau Twins. De hecho me recordaba a todo y a nada, sonaba tan natural que parecía haber vivido siempre conmigo.

Desde entonces soy un fan rendido de Julia. “Ekstasis” se convirtió en un disco de cabecera para mí, compré su disco anterior “Tragedy” inmediatamente y “Loud City Songs” su obra posterior en cuanto estuvo disponible en preventa. Las texturas electrónicas del primero y los arreglos orquestales del segundo me parecieron solo matices que no alteraban la esencia de su lenguaje musical. Irresistiblemente atractivo y misteriosamente evocador.

Y así llega ahora “Have You in My Wilderness” (Domino 2015), el disco de “pop luminoso” de Julia Holter. Su disco, dicen, más inmediato y cercano, el más ajustado al formato clásico de canción. Precedido por un par de bonitos vídeos que, esta vez, sí ¿por qué no decirlo? me remiten a grupos como las Bangles o algo parecido y me vuelve a descolocar. Pero ya no caigo en la trampa. Escucho el disco entero varias veces y todo vuelve a diluirse. Holter ha vuelto a crear una colección de canciones sin parangón, la luz de su California natal las atraviesa su cuerpo gaseoso y se tiñe de un tenue caleidoscopio de colores que remiten por igual al pop FM de los 70/80 como a la exquisitez post-todo de Talk Talk, o a la complejidad vocal de Meredith Monk o David Sylvian. Julia Holter nos engaña y juega con nuestros prejuicios, parece capaz de apropiarse de cualquier sonido y no dejar rastro que empañe el carácter único e inimitable de su obra. Quizá en esa condición me recuerda a alguien a quien admiro mucho y curiosamente no encuentro en ninguna de las críticas que he leído. A David Bowie, y en este caso muy en especial, al David Bowie de “Hunky Dory”. Un collage visionario que nunca ha tenido una clara continuidad y que puede haber encontrado un digno sucesor, pese a lo diferente que suena en su superficie, o quizá precisamente por eso.