Ojalá siempre fuera así de fácil: Robert Forster nunca falla, y cada disco que anuncia es esperado como agua de mayo porque sabemos de antemano que será un placer reencontrarse con este alquimista del pop en su laboratorio mágico. Todos sus discos tienen el don – tan escaso en estos tiempos- de la atemporalidad. ¿Quién le sopla en la cara al espigado gentleman? Pocos, muy pocos, tienen en su currículo canciones que son clásicos imperecederos. A pocos, muy pocos artistas, les toleramos siete años de espera sin haberlos olvidado. A Robert hay que darle de comer aparte. Sigamos.


Mucho ha llovido -¡ay la lluvia, cómo me gusta cuando me desvelan sus significados escondidos!- desde aquel elegiático y magnífico “The Evangelist” editado en el 2008. Un disco que se erigía como un sentido canto fúnebre a la muerte de su compañero de fatiguitas Grant McLennan dos años antes, y que me parece como un punto y aparte en la carrera del australiano. Tocaba pasar el duelo, y llorar una pérdida querida. No sé si nos merecemos tanto pero “Let Your Light In, Babe” siempre quedará prendida en el recuerdo, y era el momento de pasar página diciendo adiós al pasado luctuoso con una media sonrisa cómplice. “Songs To Play” (Tapete, 2015) es un disco fabuloso, y desde estos momentos, el mejor disco que llevo escuchado este año.


Entre sus bellos surcos nos hallamos con un trabajo hecho con calma y al amparo de familiares y amigos: colabora su mujer Karin Bäumler doblándole voces y tocando el violín, su hija Loretta aparece en un primer plano de espaldas en la portada, y la producción analógica es a cargo del joven grupo de Brisbane The John Steel Singers de los que se considera fan. Diez canciones que muestran a un autor con muchas cosas que decir aún, y las dice bien alto y claro. Da un puñetazo en la mesa, y pone las cosas en su sitio.


Abre eufórico con “Learn To Burn” y con versos como “Well I’ll stop for petrol and I’ll stop for Dylan” en los que nos deja meridianamente claro de que vuelve con las pilas cargadas, y que el tiempo pasado nunca fue mejor. Le sigue “Let me Imagine You” que es una de esas preciosidades marca de la casa; una melodía que te acompañará el resto de tu vida, y además contiene uno de los versos que marcan diferencias: “Please don’t tweeter, let me imagine you”. Mayor sutileza no se me ocurre. El capturar un simple gesto reside el misterio.


 

Sigue el disco girando, y le sigue esa maravilla que es “Songwriters on The Run” -acompañado por su esposa a las voces- en la que Forster fantasea con la huida de la cárcel de unos personajes que lo único que tienen son canciones para cantar, y poco tiempo que perder. En “Love Is Where It is” órgano y percusiones pespuntean aires tropicales, mientras la voz de Karin me hace recordar el susurro cercano de Georgia Hubley. Escucho “Turn On The Rain” y también revivo las fantasías de Phil Spector y sólo puedo decir ¡gracias!, ¡gracias! por traernos esta lluvia bendita.