Look up here, I’m in heaven. I’ve got scars that can’t be seen. I’ve got drama, can’t be stolen. Everybody knows me now”.

Nunca fui fan de Bowie. Me hubiese encantado compartir plañideros elogios en las redes sociales, pero no, nunca fui fan de Bowie. El 10 de enero de 2016 será recordado como una de las efemérides más importantes de su vida por la inmensa horda de fans del inglés; un ejército de admiradores anónimos, o personas que lo conocieron, que estos días aprovechan cualquier circunstancia para dejar su opinión sobre su importancia capital en la música pop, y muchos de ellos colgando sus temas favoritos en Facebook acompañando frases de laconismo lapidario. A todos nos pilló por sorpresa su muerte, y ahora es cuando se disparan las alarmas sobre los posibles mensajes subliminales que se esconden entre los surcos de este epitafio por sorpresa que es “Blackstar” (Iso Records, 2015). Amanece un nuevo día sin Major Tom, y la batalla al tiempo -una de sus mayores preocupaciones- la ha ganado. Se abre el telón de nuevo. La INMORTALIDAD.

Something happened on the day he died. Spirit rose a meter then stepped aside. Somebody else took his place and bravely cried: I’m a blackstar.”

Déjenme que les cuente. Hace unos días le comenté a Mordoh la posibilidad de escribir sobre lo nuevo de David Bowie; le dije que me gustaba mucho -todavía no sabíamos de su pérdida, y las implicaciones emocionales que se derivarían a la fuerza-, y me ponía a ello. Ahora cuesta escribir sobre este disco sin acabar atrapado en la nostalgia por un lado, y por otro en mis retinas quedan aún prendidas las imágenes impactantes de la dupla de vídeos que se extrajeron de sus dos primeros singles, “Lazarus” y “Blackstar”. Sincretismo de toda la simbología estética que nutrieron el peculiar mundo del autor de“Aladdin Sane”, y ahora toma de consciencia de los outputs de su inminente muerte: nos reencontramos con ese astronauta perdido en el espacio, referencias a la Biblia y el ocultismo, a la enfermedad e inmortalidad, guiños a “Station To Station” y Alejandro Jodorowsky, etc.

This is all I ever meant. That’s the message that I sent”

Escribo estas líneas e intento aislarme de todo el vaivén mediatico y emocional en torno a la figura de nuestro personaje. Sé que es difícil pero es necesario para tener una perspectiva adecuada. Desde muy joven recuerdo a Bowie como un personaje más que como a un artista. Me flipaban sus atuendos, y sobretodo no daba crédito a lo que veían mis ojos: ¿se puede llegar a ser una rock star con esa dentadura? To look how it sounds. Leo a Patricia Godes que dice, con mucha razón, lo siguiente: “La presencia musical y mediática de Bowie rompió muchos tabúes, sobre todo en sus años glam. Bowie fue una de las figuras que rompió la coraza del traje de chaqueta y corbata masculino e hizo despertar para la libertad sexual a toda una generación de adolescentes, gays o heteros, que crecieron acunados por su música, deslumbrados por su imagen y sus declaraciones de pretendida homosexualidad.” Referentes del despertar sexual todos hemos tenido, y el glam era todo un revulsivo para la imaginación traviesa de un niño. Ahora veo el vídeo de su primera aparición en televisión en 1970 interpretando “Space Oddity” y sigo atrapado en esa fuerza magnética y casi fantasmagórica que subyace en ese cruce entre Aquarius y las películas de ciencia ficción de serie B.

Mi primer encuentro con el David Robert Jones artista fue con un “Young Americans” -álbum, y sobretodo canción- que se convertiría en un cuaderno de bitácora en el que registrar mis primeros sobresaltos con la música que más me gusta, el soul. Ese fantástico repertorio de “soul de plástico” -como lo denomina Bob Stanley– se apoderó de mis neuronas en tiempos en los que el “Remain In Light” era el Nuevo Catecismo. Clase y distinción irradiaban de ese cancionero que sirvió de puente para alcanzar el Everest: la trilogía berlinesa. “Low”, “Heroes”, y “Lodger” son los cimientos en los que descansa toda la música de los 80, y “Sound And Vision” sigue siendo mi canción favorita de todo su repertorio. La canción que siempre quiso componer James Murphy.

I’m falling down. Don’t believe for just one second I’m forgetting you. I’m trying to. I’m dying to”

Blackstar” es un buen disco, hasta diría que notable en algunos momentos en los que alcanza una gran intensidad. De la mano de su inseparable Tony Visconti a la producción, abre a lo grande- marcial y evanescente- con “Blackstar” que, en su inquietante serpenteo, mece los mismos lamentos de Scott Walker, y cuyas resonancias intentan descifrar el enigma de “Subterraneans”. El halo jazzístico impregna las no menos espléndidas “’Tis A Pity She Was A Whore”, y la implorante “Lazarus” en las que el saxo de Donny McCaslin se luce de lo lindo. El bajonazo llega con una insulsa e innecesaria “Sue (Or In A Season Of Crime)”, y “Girl Loves Me” con su ¿hip-hop? sintético. La cosa remonta -¡y de qué manera!- con otra gema inmortal, “Dollar Days”, que es otra muestra del Bowie baladístico de trazo épico. Los títulos de crédito aparecen, y la electrónica sinuosa de “I Can’t Give Everything Away” los acompaña hasta el fundido en negro. Gracias por todo.