Death Magic” (Health). Una vez libres de las premisas ruidistas que les han mantenido con un perfil mayoritariamente minoritario, abrazan a hurtadillas el pop y empiezan a sonar no solo audibles sino casi (enfatícese: CASI) comerciales. Heavy synth pop cada vez menos heavy. Y es que el martilleo industrial, sin la complicidad explícita del noise, se transforma en ritmo. Y si además es de vez en cuando interpelado por una voz cándida como la de Jake Duzsik (“Flesh World”, “Salvia”), el resultado CASI deslumbra. Después de un silencio largo, he aquí su mejor versión.

 

A Distant Fist Unclenching” (Krill). La temática escatológica no impide que la música de Krill se abra paso entre los meandros abruptos de musculatura contrastada de Spoon y los altibajos de amígdalas de Neutral Milk Hotel. Trazos aparentemente irregulares que se desvelan a la postre coherentes: pasión vocal picando piedra, como Frog Eyes o Wolf Parade.

 

 

Yours, Dreamily” (The Arcs). Dan Auerbach compagina su trabajo en The Black Keys con proyectos paralelos abiertos a nuevos horizontes, como The Arcs, donde ayuda el versátil Richard Swift, autor de obras reputadas, también productor a sueldo y miembro a tiempo parcial de los Keys y Foxygen. No anda lejos la grabación del rumbo tomado por la banda a partir de “Brothers”. Un blues agreste ajustado a sus puntos comunes con el soul y con adornos tecnológicos de última generación. Suena nuevo y clásico a la par. Alguna pieza podría haber encabezado “El Camino” con igual contundencia (“The Arc”). “Pistol Made Of Bones” huele a clásico por todos sus poros, y resultan conmovedores cuando se aproximan con rugosa delicadeza al sweet soul de los grupos vocales de época en “Stay In My Corner”. El álbum debería tomarse como un divertimento, aunque algunos malpensados dirán que es un recado para Patrick. (Reseña de Rockdelux resumida).

 

White Men Are Black Men Too” (Young Fathers). Tras recibir el premio Mercury el año anterior, lo tenían todo de cara; y lo han aprovechado. Buenas hechuras, imaginación en pos de una diversidad que va desde la alta tecnología al tribalismo de diseño, y un plus político para redondear el producto. Aparte de que a veces evocan demasiado -voces y ritmos matemáticos, mescolanza racial- a TV On The Radio y abusan de los efectos especiales –“Feasting”-, desprenden poca credibilidad fuera del entorno anglosajón pese a tocar las teclas protocolarias -industriales en “Rain Or Shine”– coqueteando con el hip hop. Algo aquí no encaja. Porque es muy fácil cuestionar el sistema desde una barriada de ciudad dura norteamericana. ¿Pero desde un lugar tan bonito como Edimburgo? Es como comprar “El Manifiesto Comunista” de Marx y pagarlo con una visa oro.