Mi paulatino desinterés por un género tan limitado como obcecado en sus esencias como es el twee-pop ha propiciado que no haya prestado excesiva atención hasta ahora a adalides de (pen)última generación como Frankie Cosmos. Es el proyecto que gira alrededor de Greta Simone Kline, adscrito a la elaboración de grageas de escasa condensación y –al menos para mí- efectos exiguos por intrascendentes. Sensaciones muy parecidas inspiraban las grabaciones previas a “Pool” (Domino, 2016), el último trabajo de esta especie de grupo paralelo -o asociado- llamado Porches.

Por situarnos de una manera gráfica: el proyecto liderado por Aaron Maine ha optado por un desarrollo de los acontecimientos -o giro más o menos inesperado- similar al seguido por Sean Nicholas Savage, pero con resultados (casi) completamente opuestos. Me explico: mientras el canadiense forjó la primera parte de su trayectoria en base a un inspirado y revitalizador muestreo del mejor indie-pop de guitarras, apostando después por un fláccido (a nivel compositivo) viraje al satén electrónico -que aún no ha conseguido despegar de un nivel plano y formalista, preocupado ante todo por adoptar el papel de afectado crooner de inofensivo calado-, Porches por el contrario han pasado de un ramplón conglomerado de suciedad y rudeza melódica –llamémosle indie-rock– a la asunción de un refinamiento sintético –con el pulso puesto en el limbo de mediados de los ochenta-, espacioso y -aquí sí- convincente, gracias a canciones más plegadas a la inclinación honda y confesional que pretende su último repertorio que sometidas al efectismo del nuevo traje elegido.

El auto-tune ya es, definitivamente, una de las últimas plagas que asolan la planificación de buena parte de la producción contemporánea (que se lo digan, por ejemplo, a El Guincho, que ha arruinado su “HiperAsia” con el uso indiscriminado de dicha técnica), a la altura del sonido fairlight de aquellos ochenta o, yéndonos a terrenos cinematográficos, el zoom de los setenta. En este aspecto Maine logra reprimir el abuso del juguete con un empleo algo más sutil, apenas estridente: en sintonía con el destello lánguido de neón del que se nutren los arreglos de las canciones.

De esta manera, partiendo de un evidente sonido conceptual –una especie de ralentí chic– que circula por todo el disco, sin embargo es posible discernir entre lentos terminales –“Security”, “Braid”– y hits contenidos –“Be Apart” a la cabeza-, derrochando esmero a la hora de abordar las intangibles gradaciones. Algo, por otra parte, que ya esgrimían en el single previo “Ronald Paris House” (Terrible, 2014), que incluía la excelente “Forgive”, con la propia Kline transmitiendo embeleso desde la segunda voz.

¿Huelen a hype, a oportunismo?. Muy posiblemente, pero más allá de juicios simplistas e inmediatos es justo reconocer que el nuevo talante de Maine consigue condensar plasticidad y consistencia expresiva. Algo que no muchas veces se da con la publicidad agresiva.