A menudo una cierta unanimidad respecto a la obra más conseguida de un artista pone un abrupto cuello de botella de cara a considerar el resto de su producción. Yo, por ejemplo, he tardado unos cuantos años en dar con mi disco favorito de Martine-Elisabeth Mercier Descloux, casi dando por hecho –en base a una exploración antaño algo superficial, que se centró casi exclusivamente en sus dos primeros discos, los reconocidos “Press Color” (1979) y “Mambo Nassau” (1981), auspiciados ambos bajo la etiqueta ZE Records- que más allá de sus primeros pasos –a los que habría que añadir un ep con Didier Esteban a nombre de Rosa Yemen, contemporáneo de “Press Color”– había poco que rascar.

Lizzy Mercier Descloux” (CBS, 1984) -rebautizado convenientemente a partir de la reedición de 2006 en ZE como “Zulu Rock”– está marcado en gran parte por la pérdida del ímpetu post-punk de sus primeras grabaciones –allí donde convivían en tiempo real los ecos disonantes de la no-wave, las guitarras agrestes de las Slits o la contumacia vocal de los B-52’s– tras su estrecha convivencia con la crème de la intelligentsia neoyorquina, a la que siguió una reveladora investigación sonora por varios países de África. Uno de ellos, Sudáfrica, sumido todavía por aquel entonces en el infierno del apartheid, fue la auténtica epifanía para una Lizzy Mercier embebida en el frenesí del mbaqanga, estilo practicado originalmente por la etnia zulú y reconvertido en sonido de éxito gracias a los pelotazos mediáticos –posteriores al disco de Descloux– de Johnny Clegg & Savuka o Paul Simon. La fascinación se trasladaba también a las letras, con “Mais ou sont passees les gazelles” a la cabeza, donde las sensaciones de peligro, lucha y esperanza quedan imbricadas con destreza.

Con una alineación que incluía indistintamente músicos sudafricanos como el bajista David Bamaso o británicos como el arpista David Snell (músico al servicio de The Incredible String Band, Robert Palmer o Grace Jones, entre otras muchas aventuras), destacan sin embargo los acordeones –cuya pulsión se acerca tanto al mbaqanga como a la coladeira caboverdiana- en unas canciones que, entre el desparpajo y la sencillez respiran, se expanden y no temen al baile híbrido entre pop y tradición exótica.

A pesar de la reputación crítica adquirida en el momento de su publicación en su Francia natal, “Zulu Rock” –reeditado recientemente junto con el resto de su discografía- es, de alguna manera, un disco de anticipación al que le sustrajeron la gloria comercial en favor de “Asimbonanga” o el sobrevalorado “Graceland” (al que, más allá de los singles, le ha sentado para mal el paso del tiempo). En el tercer disco de Lizzy Mercier la comunión entre oportunismo ‘mundialista’ y salmodia occidental rayó a un nivel más que óptimo -rico, expresivo- gracias a piezas encantadoras como “Les dents del l’amor” (inclinada a la chanson), al western swing de “Wakwazulu Kwezizulu Rock”, a las puntadas dub de “I am liquor” o a la querencia antillana de “All the same”. No es del todo tarde: definitivamente un must del pop mestizo.