Escuchar Agricultura Livre” (Foehn, 2015) sigue siendo, desde su publicación, una de las experiencias más salvajes que uno puede experimentar y se recuerdan en el pop español.

En estas líneas, Emilio José nos introduce en la figura de Luigi Tenco


Las disputas musicales se (me) vuelven cada vez más absurdas según va pasando el tiempo. No es que antes estuviese muy interesado en clasificar el valor de un artista, disco o canción con respecto a los demás (de todas formas sería imposible clasificar nada en el vacío: es por eso que las luchas parciales tipo “género”, “raza”, “nación” son inherentemente opuestas al comunismo), aunque con mucho gusto participaba en conversaciones tipo “Nacho Vegas: sí o no” y cosas por el estilo, además de que aún hoy disfruto ejerciendo de forma lúdica mi derecho a cagarme en iconos estadounidenses de moda (a saber, el más reciente, Kendrick Lamar, cuyo famoso disco es un burdo remake de “Stankonia”). Pero si nunca me pareció primordial defender la obra de un artista frente a la de otro (ni siquiera con razones puramente musicales, o sea científicas, o sea basura: hoy ni siquiera tengo claro que Bach sea un referente de nada. Barbara Strozzi, por mencionar a alguien, murió antes de que naciese Bach y era más moderna que Joanna Newsom), en la actualidad esa tarea se revela no sólo una pérdida de tiempo, sino una trampa construida por el capital que asigna, a quien se introduzca en ella, la única función de seguir reproduciendo la trampa.


La única persona que podría introducirse en esa trampa, incendiar salvajemente la mazmorra de los iconos musicales en lucha y salir con vida, regresando incólume al mundo que todavía no existe de la vida alegre, es Luigi Tenco.


Ragazzo mio… un giorno i tuoi amici ti diranno
che basterà trovare un grande amore
e poi voltar le spalle a tutto il mondo
no, no, non credere, no, non metterti a sognare
lontane isole che non esistono


Se podría decir que no hay canciones más bonitas ni materialistas que las que escribía Luigi Tenco. “Pet Sounds”, en lo uno, y Billy Bragg, en lo otro, son como una broma al lado de “Ragazzo mio”. Pero, casi como continuando con su modo nocturno musical en vida después de la muerte, Luigi Tenco no se aparece en grandes (ni pequeñas) letras en ningún sitio, y en ningún sitio se detalla con profusión la vida y obra del genio piamontés.


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(Es lo que devuelve el buscador de esta misma página al introducir “Luigi Tenco”. Y, sin embargo, tiene que ser un error del sistema que alguien que escribía canciones en el paso de la década de 1950 a la de 1960, es decir, que alguien que estaba allí originando el pop –literalmente: “Una vita inutile”, por ejemplo, publicada como single en mayo del 61 y que en muchos aspectos podría ser su canción más representativa, estaba arreglada por Gian Franco Reverberi, que junto con su hermano Gian Piero escribiría la canción sobre la que, décadas después, Gnarls Barkley construyeron “Crazy”– haya desaparecido del registro del origen mismo del pop. O cabe una explicación: el auténtico origen del pop está en los Lieder de Schubert, por lo que Luigi Tenco es un personaje irrelevante. Pero luego están frases del tipo “George Martin introdujo la música clásica en el pop“,  y eso es MENTIRA, no porque George Martin no pudiese ser la primera persona que utilizó violines en canciones pop –-aunque si el pop lo inventó Schubert no pudo haberlo sido– sino porque, en un contexto en que la correlación temporal se revela un factor clave en la asignación del valor entre elementos similares –canciones, artistas…–, todo lo que es temporalmente correlativo se vuelve, por tanto, falso: ni siquiera la tecnología tiene puntos firmes –o puntos, en absoluto– de anclaje en la escala temporal. Es por eso que existen la propiedad intelectual y las patentes: porque los inventos, las muescas que dejan los genios en el curso del tiempo, carecen de cualquier conexión con la realidad que no sea mediante un certificado indicando nombre y fecha –si bien es cierto que,  con el flujo adecuado de capital, esta fantasía del genio y la obra se vuelve tan real como una tablet Huawei en este mundo irrealmente convertido en verdadero. Por lo tanto no es cuestión de reivindicar unas obras frente a otras, ni mucho menos de regular la producción cultural en planes quinquenales: aparte de resultar un insulto hacia el potencial oyente –”pues este mes va a sonar Adele te pongas como te pongas” es lo mismo que “pues, te pongas como te pongas, este mes va a sonar Oneohtrix Point Never” … o Emilio José, aunque ¿no es así cómo en realidad funciona ya?–, no es necesario –nunca lo fue, en ningún sentido– “educar” a la gente para que refine sus gustos musicales en una u otra dirección –porque lo que educar significa es “con toda mi amabilidad te ordeno que compres eso y no lo otro”– y la idealización del acceso igualitario a todos los ítems pertenecientes a un segmento de mercado concreto es un puro espejismo psicológico forzado por la naturaleza competitiva de nuestro mundo, lo que provoca que el hecho de que yo aparezca veinte líneas por debajo de Wilco, o Los Planetas, en el cartel de un festival cualquiera es tan banal como si yo apareciese una línea por debajo o veinte por encima de ellos: lo minoritario es tan poco minoritario como mayoritario lo mayoritario –estoy seguro de que muchos lectores conocen mucho mejor que yo a Luigi Tenco, sin ir más lejos, por no hablar de los no lectores de este o cualquier otro sitio– y quién ocupe la posición es siempre trivial, insignificante. No se trata de más Luigi Tenco y menos Beatles, sino de “Abajo Descartes!”.)


Quando la sera me ne torno a casa
non ho neanche voglia di parlare
tu non guardarmi con quella tenerezza
come fossi un bambino che ritorna deluso
si lo so che questa non è certo la vita
che hai sognato un giorno per noi
vedrai, vedrai
vedrai che cambierà
forse non sarà domani
ma un bel giorno cambierà
vedrai, vedrai
non son finito sai
non so dirti come e quando
ma vedrai che cambierà


Hace años, en el río, escuchando a Luigi Tenco bajo el delicioso sol de agosto, no podía imaginar que aquellas canciones tan sobrenaturalmente bonitas no sólo hablaban sobre el mundo real y la vida práctica, sino que además llevaban dentro la semilla, siempre germinando, del presagio acerca de todos los problemas de la sociedad moderna, de todos los comunismos que nunca llegan, de todas las socialdemocracias, de todos los Podemos, de todo aquello que, como según parece le sucedió a él mismo, a menudo no tiene otra solución más que el único cambio real al alcance de una persona atrapada en el capitalismo: la muerte.