Defender a Fangoria cada vez se pone más crudo. Uno lo intenta, pero no lo ponen fácil los mismos protagonistas con su desmedida charlatanería. De hecho, les voy a ser sincero, no sé hasta qué punto vale la pena desmontar o no el “mito” Alaska porque ella misma ya hace su labor de caricaturizarlo de mala manera. Pero seamos honestos y consecuentes: en mis 41 años de vida, cerca de la mitad me los he pasado encuchándola en sus diferentes reencarnaciones, y la andadura de Fangoria me la conozco la dedillo así que bien merecen unas líneas. El dúo formado por ella y Nacho Canut suman méritos y respeto aunque su larga discografía – “Salto Mortal” data de ¡1990! y mantiene intacto su carisma- está plagado de altibajos, o directamente discos erráticos que les ha servido de excusa para hacer caja en directos cada vez más ridículos. Sí, quedan lejos aquellos conciertos como los del Sónar del 2000, en el que de forma pletórica presentaron el maravilloso “Una Temporada En el Infierno” mientras todos bailábamos y bebíamos, y  creíamos que ESO era algo único.

¡Ay Alaska!, qué difícil es atacarla y apuñalarla a partes iguales. Patricia Godes, en su ingenioso libro “Alaska y Los Pegamoides: El año en el que España se volvió loca” (Lengua de Trapo, 2013) dice algo en sus conclusiones en el que estoy muy de acuerdo: “La figura de Alaska, discutida y discutible como suele ocurrir con las personalidades de peso, es la única de aquella generación mimada por los medios y los ayuntamientos que ha logrado sobrevivir dentro del mundo del espectáculo y el entretenimiento tradicionales. Salir del entorno musical/roquero/alternativo era imprescindible para conseguirlo. A algunos de sus antiguos fans les desagrada verla con Massiel y Lola Flores en el Museo de Cera y en los programas de cotilleos, en vez de en un club de Malasaña sudando y retorciéndose, y consideran que les ha traicionado o, cuanto menos decepcionado”. Aquí podríamos debatir sobre qué es ser auténtico – ¿hay un hombre en España que mide la autenticidad?-, o la pérdida de referentes icónicos. La Olvi, ese otrora personaje camaleónico y transgresor -y ahora desfasado- que sigue hábilmente en esa tierra de nadie; en esa cómoda postura de artista que vive su ocaso en los palcos VIP departiendo con amistades peligrosas sobre lo divino y lo éticamente humano. Algun fan converso me dice que desde que conoció a Mario Vaquerizo -ese vulgar eterno aspirante a show man– algo cambió, pero yo lo dudo.

Fangoria no cejan en su empeño de glorificar la nada más absoluta, y editan “Canciones Para Robots Románticos” (Warner, 2016) con portada socarrona que guiña un ojo al american way of life de los años sesenta con fondos melodramáticos a lo  Douglas Sirk, y encaje con la estética de Tim Burton. El disco es mediocre como viene siendo habitual desde …¿”Arquitectura Efímera”? (bueno, éste no es que sea la quinta maravilla, pero es su último disco mínimamente coherente y disfrutable). Lo mejor reside en la producción de Guille Milkyway, el cual les brinda melodías irrepetibles como el glorioso single Geometría Polisentimental” (muy fangoria esos títulos que son como la versión choni a The Smiths), el subidón bakala de “Iluminados”, y la muy  La Casa Azul Voluntad De Resistir”. Poco más que salvar. Tres temas más al saco para cantar a grito pelado mientras me como la enésima caravana camino al curro. En ese mismo momento El Marito y La Olvi desayunan su dieta macrobiótica.