Qué difícil es, en la mayoría de los casos, asimilar algo tan sencillo como que estamos de paso por este mundo; un sentimiento de abatimiento te invade cuando en un visto y no visto alguien importante en tu vida desaparece para siempre arrojado a esa inexcusable ley natural. La cosa se pone más fea cuando te quedas sin argumentos para buscar los porqués. Un 21 de abril de 2016 muere el personaje artístico al que le debo TODA mi educación musical, el icono de mi reafirmación sexual, por encima de todas las cosas, el artista al que más infiel he sido pero que adoraba con devoción. Prince era un Dios, o si quieren, el único Dios que se le permite tener a un ateo; el apasionado paradigma-ejemplo de artista renacentista contemporáneo capaz de las proezas más sublimes, y de los mayores fiascos musicales y empresariales. Me entero de su deceso por la red, y lo primero que pensé fue que era otro fake de mal gusto. Pero no, la realidad supera a la ficción de millones de fakes absurdos, y rápido le doy la noticia a Mordoh -los dos soltamos un espontáneo y doloroso ¡¡¡¡joder!!!- casi suplicándole que pudiera ser el encargado de escribir esta suerte de panegírico personal sobre el Príncipe de Minneapolis. Me gustaría esculpir las estrofas más bonitas del mundo, pero no sé si seré capaz; sigo en estado de shock, y me tiemblan las manos mientras doy forma a palabras anegadas en lágrimas. Sí, a todos nos toca la hora de partir, pero a Prince- al igual que hace unos días con Bowie– parecía que jamás le iba a llegar el turno.


Prince Rogers Nelson era un artista visionario, de estética ambigua y provocativa aparte de un músico extraordinario. Fue ese transgresor que posaba en las portadas con   posturas afeminadas y casi queer, y profería gemidos de placer en medio de una canción; era el falsete imposible y más perfecto del soul; era el eterno aspirante a estrella de Hollywood que se hacía sus propias películas convirtiéndose en una suerte de Ed Wood moderno ; el hombre al que querían todas las mujeres bellas –WendyLisaVanitySheila EKim BasingerMayte Garcia…; era lo que tu imaginación aún no llegará a entender. Recuerdo mis primeros tonteos con su música: a principios de los 90 descubro la portada de “Dirty Mind” y literalmente me quedo alucinado con esa fotografía de carátula;  veo en ella a un tipo de mirada entre desafiante y sexual que hacía proselitismo de su mensaje “I wanna do it, do it all night…”. En la carpeta interior, vemos a nuestro personaje con su gang en gabardina apostado en un muro en donde están escritos los nombres de la banda a modo de graffitti. Todo muy sexy, inspirador, y lleno de VIDA. El álbum, huelga decirlo, inauguraba brillantemente una década- la de los 80- que hasta el propio Bowie aseguró que le pertenecía.


Prince era un avispado catalizador de mil y un sonidos que desde pequeño fueron moldeando su propio universo; también experiencias traumáticas de joven le llevaron a confinarse en su habitación pasando horas muertas experimentando con los instrumentos. Produced. Arranged. Composed andPerformed by… estas son las palabras que uno atribuía a una letanía que exhortaba a dejarse llevar. Un catálogo de referentes cuya herencia fue apoderándose y ensalzando hábilmente a lo largo de su carrera en un match up voluptuoso entre la cultura (conciencia) afroamericana, y la libre adopción de actitudes que le acercaban a un público más cercano al mainstream o al “rock para blancos”. Un demiurgo púrpura que creó una obra (casi) siempre en movimiento e inquieta, anclada en los ecos de James BrownSly StoneCurtis MayfieldThe BeatlesJoni MitchellTodd Rundgren, y un largo etcétera.Prince sonaba a Prince, y eso era siempre una tautología nueva. La gran Patricia Godes, en un desmitificador artículo en RDL lo llamó “funky pirulé”, y con una foto de él (circa 1992, “Love Symbol”) bajo ese eslogan serigrafiado en una camiseta de color blanca lo fui a ver a Barcelona en ese apoteósico concierto de 1993 en el Palau Sant Jordi. Eran tiempos en los que nada era comparable a Él, luego llegarían las decepciones.


Devoraba discos del genio de Minnesota porque todo lo que descubría era fascinante, al igual que descubrir las novelas de Paul Auster, o las películas deJim Jarmush. De obras magistrales como “1999”, “Sign O’ The Times”, o “Purple Rain” ya está todo escrito, pero mi disco preferido en aquellos tiempos -el que escuchaba sin parar- era el “Around The World In A Day” y esa multicolor triada – “Raspberry Beret”, “Tamborine”, y “America”– que me teletransportaba hacía el más allá. Pasado el tiempo, y a partir de “Diamonds And Pearls” -en mi opinión, su último gran disco- fui dosificando mi entusiasmo aunque siempre encontrabas canciones maravillosas en sus discos, pero la gran mayoría de ellos eran mediocres y tenía la sensación de que eran partituras que le salían a piñón fijo. A pesar de todo, siempre miraba de reojo cualquier movimiento del Príncipe porque estaba seguro que un día daría un golpe en la mesa y nos volvería a poner en nuestro sitio. Ese sitio era estar a sus pies. Por siempre, el púrpura es el color de mis sueños.