Todavía estoy esperando el disco que supere en emoción a ese exuberante compendio de modernidad y tradición que es “Nuevo Día” de Lole y Manuel; los acordes libertinos del difunto Manuel Molina, y el mismísimo prodigio que sale de la voz de Dolores Montoya cambiaron para siempre, y desde dentro, el concepto tradicional de flamenco. Ellos  eran gitanos, y reformularon un estilo que se refugiaba en la tradición más ortodoxa, y pasados los años su legado sigue tan vigente como el primer día de su publicación, o más si cabe. LoleManuel se adelantaron a “La Leyenda Del Tiempo” de Camarón, y abrieron la ventana para que, por entre los primeros rayos de sol de la mañana, entrara una poesía nueva que no estaba en los rigurosos esquemas del flamenco, arreglos de sutil audacia, y por encima de todo esto, crearon una nueva simbología en el Arte gitano respetando su complejo clasicismo, para entregar, en última instancia, un nuevo lenguaje de significados icónicos. Hace un tiempo oí a Lole decir que ella siempre ha cantado lo que canta el pueblo, y que cuando le preguntan sobre si fueron pioneros del flamenco “experimental” esboza una sonrisa, y da env el clavo cuando asegura que ellos no reinventaban nada, tan solo era algo nuevo nacido de la pureza originaria y del amor a la música. Para la trianera, antes de su irrupción en el folklore gitano todo eran lamentos. Alto y claro.

Alba Molina, primogénita de la pareja, lleva un tiempo intentando hacerse un hueco en el panorama del flamenco más orientado al pop melódico de fusiones varias. Siempre he pensado que no debe ser fácil hacer carrera artística cuando eres hijo/a de artista de relumbrón, y Alba merece mayor suerte de la que hasta ahora ha tenido. Salvo los medios más especializados, que sí se deshacen en elogios por su cante, vale la pena reparar  su risueña figura que contrasta con su agudo y afectado requiebro. Tras su debut en solitario con el notable “Despasito”, la sevillana, que es culo de mal asiento, ha picoteado de diversos estilos – son los genes… – que van del rap con Las Niñas, o el jazzfunk convencional  con Tucara. Este año da un salto mortal sin red: “Canta a Lole y Manuel” (Universal, 2016) es un homenaje que se presumía complicado, pero la cantaora lo lleva a la tradición – sólo acompañada por la fantástica guitarra de Joselito Acedo -, y a su terreno dejando claro que este va a ser el álbum más flamenco que jamás hará. Siempre en fuga. Del cancionero inigualable de sus padres, Molina escoge once gemas que emergen señoriales al abrigo de un fraseo nuevo y familiar. La totémica “Nuevo Día”; esa “Tu Mirá” que sedujo a Quentin Tarantino; la fabulación ensoñadora  para huir de la realidad de “Recuerdo Escolar”; o la canción más bella jamás compuesta que un servidor ha escuchado nunca “Un Cuento Para Mi Niño”. Un paso de gigante. Tiene todo lo que hay que tener para que sea mi disco nacional del año.