Miqui Puig es referente para los que amamos la música pop. Cuando el ex de Los Sencilos abre la boca y recomienda una música, los demás callamos. Muy amable y cordial (como es habitual en él) recibe con agrado la oferta de la Mochila para esta sección, y nos regala este precioso texto que es un viaje a través de la memoria de un apasionado de la música. Y de fondo, Ciudad Jardín

Cubo’s Discoteca” (Ciudad Jardín, Hispavox, 1993)


No sé si podré expresarlo. Si mi fotografía quedará movida por la emoción. Si solo será comprensible entrecerrando los ojos a la manera miope. Pero lo intentaré.

Hay canciones para todo. Para el amor. Para la tristeza. Para correr en coche. Para tomar drogas. Para beber hasta caer. Hay muchas, quizás en exceso, y cada día me cuesta más almacenarlas. El disco duro que me puso Antonia de serie está limitado y rara vez una nueva coge el espacio aferrado de las más emblemáticas aquí dentro, tras la papada y los ojos azules, donde está mi chata nariz.

Cada día me siento más abrumado por los miles de fanáticos, coleccionistas y connoiseurs que atesoran rarezas, compran gemas y mercadean. Señores que conocen al dedillo los créditos de obras maestras y obras menores. Me aferro a mi visión personal, intento crecer con ella y elaboro teorías que rara vez salen de este espacio limitado por varias “expedits” con vinilos que acumulan polvo. Y un poco de vida (permitidme esta licencia).

Me quejo de que aquí no tuvimos pub local. Que mi educación musical fue libre, como ahora, que no tuve otra alternativa que poner la antena muy alta, intentando captar todo lo posible y abriendo los ojos muchísimo.

Espiar a los mayores y comprar revistas. El gran mundo del recorte como pista a otra fase, escenario, mundo. Preguntando. Y hasta hoy.

La fotografía que tomo es seria y es muy mía. Y me recuerda a maestros caídos, a sitios que ya no existen, años que no volverán y eso hace que valga su peso en oro. Por mi doble condición he vivido muchas veces lo que voy a relataros, cuando la letra de una canción se convierte en la vida de otros, cuando el receptor la vive hasta unas consecuencias tan puras, que se monta el “videoclip real” que diría Justo (personaje de “Rayos”, la novela de Miqui Otero, tocayo y amigo del alma).

Cubo`s Discoteca” soy yo. O lo que era yo a mediados de los ochentas. Y esas discotecas de las afueras donde íbamos en motos destartaladas que nos parecían bólidos. Donde bailábamos y soñábamos en todo el abanico de posibilidades que la vida nos ofrecería. Las que vivíamos asombrados en habitaciones con posters. Entre cintas, discos, libros y parafernalia analógica: ni mejor ni peor, la que tocaba y teníamos. Mi clan eran las motos, el moto club local y el taller de Miquel donde un receptor de radio Philips hacia las veces de escuela publica a mis odios. Pura válvula, amplificador incorporado y luces que al atardecer eran como una pista de aterrizaje con los nombres de ciudades lejanas que importaban entonces y hoy mucho más. Los altavoces de madera majestuosa aportaban la rotundidad al sonido FM. Porque yo crecí con la FM y con su sonido. Tardes de clásica reparando pinchazos sumergidos en agua para buscar el poro y celebraciones espontáneas después de oír un motor a dos tiempos volver a la vida. Quizás esas canciones las cambié por otras, pero mis sensores reconocen esa calidez, y la reconocen hasta el día de hoy.

Las escenas relatadas por Ciudad Jardín me recuerdan a nuestras entradas triunfales al Moustache y al Privat. La complicidad, puede que por pesados, con los señores de la cabina. La belleza dudosa de las decoraciones, las hombreras de ellas y el sudor de cerveza, Martini y vodka que dejaba en la pista. Todavía recuerdo fresco el cruce de miradas cuando clavaba mi coreografía con la de Lluís Pocurull domingo tarde al son de: “y con los brazos en cruz te me haces transparente…”.

Por eso y muchas cosas más, esta canción soy yo. Y ahora mismo, en una de esas fases mías de cáncer ascendente cáncer, fase de cabeza enterrada en el suelo, de observación y relamida de heridas, la necesito y la vivo. Llevo años investigando y buceando en estilos que creo son míos. El Italo-disco que detestábamos por comercial en la época que tocaba, por pose, por miedo, por qué sé yo. Pero que un día descubrí era mi música, la que viví en esas discotecas que podrían ser Cubo’s o muchas, que seguro alguno de vosotros también tenia cerca y vivía en fines de semana o veraneos de aburrimiento juvenil. Luego compramos otras motos y bailamos en otras pistas. Fuimos lo que fuimos y ahora en el crepúsculo vital presentamos credenciales a la historia para que nos convaliden lo vivido.

Cubo’s Discoteca” soy yo y los míos. Y solo puedo dar las gracias a esos “ángeles feos” por señalar donde parar. Donde repostar el depósito y el alma.

 

Ráfagas y besos a todos.