Es el tipo de música que puede conmigo. En cualquier época, sea cobijándome ante la llegada del invierno como escapándome del hedonismo veraniego. Lenta, orquestada, nocturna, apurando hasta el límite sensorial. Esta vez corre a cargo de M. Craft, australiano educado en Londres y residente en California. Para obtener el máximo provecho de su sensibilidad, se refugió en el desierto para grabar su tercer álbum “Blood Moon” (Heavenly 2016), una de las perlas sosegadas del año.

Quienes disfrutaron de la noche aterciopelada de “Noctunes” de Willis Earl Beal, del estilo de Federico Albanese, de lo más íntimo de Bon Iver, Fleet Foxes o Talk talk, en este disco de un amigo de Jarvis Cocker tienen material abundante y suficiente para reconciliarse durante un tiempo con el mercado. Como toda obra de nivel alto, es más fácil recomendarla por su cohesión sonora casi conceptual -el recogimiento, la orquestación- que por dos o tres canciones destacadas. Es tan introspectivo que te hace disfrutar de tu soledad. Sea a modo de languidez panorámica extrema en “Afterglow”, en la ascensión de “Where Go The Dreams” o en una instrumentación como la de “Morphic Fields” (con violín de estética asiática), la música de Martin se disuelve entre los sentimientos ubicados en lo más recóndito del alma.

Es verano, y sin embargo siento escalofríos ante semejante belleza.