Cachaço, isla de Brava en Cabo Verde, 1968. Un día cualquiera un grupo de campesinos descubre un barco abandonado en mitad de una explanada, tierra adentro. ¿Ha caído del cielo?, ¿es un navío de la armada soviética colocado ahí la noche anterior para alguna operación secreta?. ¿Ha tenido algo que ver la orografía volcánica propia de las islas?.

El paisanaje se debate en un mar de dudas y elucubraciones. Para añadir más perplejidad, descubren en la parte superior de la proa el nombre de Baltimore. Todo el ruido llega a oídos de Amílcar Cabral, el Ché Guevara caboverdiano que es ya una figura providencial –y con poder fáctico- en las postrimerías de la independencia del archipiélago. Tras descubrir en el interior de la nave un buen número de cajas, las abren encontrándose en su mayor parte extraños instrumentos electrónicos –moogs, hammonds- de primerísima generación que Cabral decide repartir por las escuelas de la región para su estudio y aprendizaje.

Independientemente del material que podrían generar estos sucesos –aparentemente alegóricos- para un hipotético programa de Cuarto Milenio, el hecho constatado es que a partir de esos años la música popular de Cabo Verde sufrirá una transformación considerable gracias a la inserción de estos aparatos en las formaciones que empiezan a pulular por el panorama local.

De todo ello se beneficiará principalmente el funaná, el género más enraizado en las islas, que había comenzado tocándose con un ferrinho (especie de cuchillo que, golpeándose con una barra de hierro, hace las veces de elemento percutivo) y un acordeón, y que acabará integrando guitarras eléctricas, bajos, baterías y los teclados descritos.

El recopilatorio The Mystery Behind the Cosmic Sound of Cabo Verde Finally Revealed! presenta todo ello con pelos y señales. Publicado en el especializado sello alemán de vocación mundialista Analog Records –en cuyo catálogo hay desde afro-beat a soul hipnótico angoleño, pasando por la reveladora compilación sonidos nordestinos brasileños a cargo de Mestre Cupijó– dicho muestreo puede considerarse, además de todo un acontecimiento para los que venimos enamorados desde hace un tiempo de la idiosincrasia sonora de aquel país, de todo un milagro. Las canciones incluidas fueron publicadas en pequeñas tiradas por modestos sellos formados entre los setenta y ochenta por gestores y empresarios caboverdianos exiliados en aquellos años a Portugal, Holanda o Francia. La diáspora hizo que muchos músicos vocacionales –provenientes del más estricto proletariado- acudiesen a Europa para buscarse la vida y, ya de paso, grabar algunas de las tonadas más deliciosas, frescas y personales de la música africana contemporánea.

El proceso era muchas veces el mismo: viaje a Lisboa para integrarse en el círculo del mejor cantante caboverdiano de todos los tiempos, el histórico Bana -incluido en la recopilación, ya que él tampoco pudo resistirse en sus grabaciones a la modernización imperante-, dueño del restaurante Monte Cara –centro neurálgico donde tocaban diariamente todos sus paisanos- y de dos tiendas de discos en la capital portuguesa, lo que permitió a toda la escena desarrollarse y vender los propios, muchos de ellos grabados sin apenas ensayos pero bajo la supervisión del músico, productor y arreglista Paulino Vieira, el auténtico gurú artístico del momento –todos pasaban por sus manos-, que casi siempre consiguió resultados admirables. O bien viaje a Rotterdam –la otra ‘segunda casa’ en Europa para los isleños- donde les esperaba Zé Mestre, también promotor, disquero, músico y dueño de la pensión donde iba a parar toda la inmigración. En estos dos destinos se cuece gran parte de ese sonido cósmico que ha ido ideándose originalmente en Cabo Verde.

Y así, podemos disfrutar del intuitivo compás dance-pop de Dionisio Maio, del soul-funk de Fany Havest, de João Cirilo y su conexión con el forro brasileño y el pilan katuta como vertiente más pura y básica del funaná. De la rumba de Abel Lima o –vía calypsoOs Apolos, del merengue africano de Elisio Vieir, sin olvidarnos de las recurrentes proclamas marxistas y anti-imperialistas de Pedrinho o Americo Brito. Acicalado todo ello con aquellos primerizos sintes que proporcionarían una dimensión hasta entonces desconocida a sus creaciones.

Ambrosía hipnótica para los sentidos, con la música viva corriendo eternamente por las venas abiertas de un pueblo ejemplar, irredento e insobornable.