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Por exigencias del guión –el desplome de la industria del disco, que conlleva más que nunca la cautelosa edición en formato físico- Santiago Auserón ha recurrido en su sexto álbum en estudio –séptimo en solitario con el alias habitual si contamos el directo “Juan Perro y La Zarabanda” (La Huella Sonora, 2013)- a un formato completamente acústico para formalizar su última colección de canciones, rodadas ya en vivo desde hace más o menos un lustro.
Una oportunidad ¿única?, por tanto -pese a que seguramente no fuesen las intenciones iniciales-, para degustar sin aditivos ni trucos de estudio el mecanismo compositivo –en modo esquemático- de uno de los pilares fundamentales del pop español de siempre y probablemente del último baluarte de su generación comprometido por encima de cualquier otra consideración con la exigencia artística. El ropaje definitivo de buena parte de este repertorio –como ya se ha encargado de adelantar el propio Auserón– tomará forma en los próximos meses en una segunda grabación, a modo de síntesis eléctrica con grupo.
No cabe duda de que un disco de estas características –solo guitarra y voz- exige un intrínseco vigor melódico además de una imaginativa paleta de recursos estilísticos para que el oyente no se suma en la apatía o la indiferencia. Algo que Juan Perro no solo despacha aquí con oficio, sino con talento, cariño por el detalle y compromiso con las nobles –y depuradas- posibilidades de la canción.
Quienes se acerquen a “El Viaje” (La Huella Sonora, 2016) contarán de antemano y por de pronto con la habilidad conceptual del autor: jamás da puntada sin hilo, y son contados los elementos desprendidos al azar con el fin de dar a las partes el engranaje de un todo. Así, el éxodo (ya sea interior o externo) y la galería de personajes al margen que va desfilando por el disco conforman el siempre sustancioso ideario sobre el que se sustenta el conjunto.
Se abre con “Los inadaptados”, homenaje a la película “The Misfits” (John Huston, 1961) que ejemplificaba como pocas y en apenas dos horas toda la decadencia y la fatalidad del Hollywood clásico. Desembocando en una especie de bossa nova, podría funcionar como una metáfora aplicada al momento actual, donde ya están más que asumidos –por amortizados- los rescoldos de edades doradas y demás ritmos rutilantes. La dylaniana “Mr H & Lady G” recurre al juego autoreferencial –algo que se repite en otros títulos- para hacer las delicias de sus seguidores: “Dos calles en una esquina comentaron: hay que ver. Se juntaron Mister Hambre y Lady Ganas de Comer”, mientras “Luz de mis huesos” y “Arenas del Duero” –esta última originalmente titulada “Caetano” y con una letra diferente- conforman la pareja de baile más íntima y, seguramente, más emocionante que jamás haya compuesto el maño, mientras la cuota caribeña presumible en el co-autor de “Semilla Negra” corresponde esta vez a “Agua de Limón” –jocoso son a la manera de El Guayabero a raíz de una anécdota nocturna con Raimundo Amador– y “Nada”, un bolero que desprende versos tan distintivos e ingeniosos como estos: “La nada es algo tan valioso, incalculable su bondad. La matemática no es nada si ella no le cede a uno su lugar”. Un (filosófico) encaje de bolillos al alcance de muy pocos.
Subiendo hacia México nos encontramos “En La Frontera” con “El desterrado”, ambas a ritmo de ranchera de robusta belleza. La copla se desgrana de manera elocuente –y caliente- en tonadas (montuneadas) como “Ámbar” o “A Morir Amores” y uno puede poco menos que palpar violines de fantasía en el vals “De Un País Perdido” mientras va llegando al final, donde se da de bruces mismamente con “El Viaje” (con un aire de rap juglaresco) y con un Auserón especialmente metafísico, lírico y, de nuevo, dylaniano.
Su mejor disco como mínimo junto a “Raíces al Viento” (BMG Ariola, 1995) y “Cantares de Vela” (GASA-Warner, 2002), si no directamente el mejor. “Vergel de señorío” para otro trabajo histórico. Palabras mayores.