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“Exodus Of Venus” (Elizabeth Cook). Colección robusta de composiciones muy arraigadas a la americana de radiofórmula de carretera (por describir de algún modo el sonido parecido a Ryan Adams). Compacta y bien engrasada. El secreto del punch de la grabación radica en delegar producción en el guitarrista Dexter Green. Ha buscado una sección de ritmo férrea -por ahí ronda el incansable Willie Weeks– de modo que tanto su guitarra como la voz de la protagonista se benefician. Y por supuesto están las canciones de Elizabeth, muy solventes en todos los subgéneros. Puede embriagar con el country rock de “Straightjacket Love”, volatilizarse en “Dharma Gate” o contonearse con un ramalazo negro en “Methadone Blues”. “Cutting Diamonds” es una canción compuesta junto a Todd Snider.

“Real” (Lydia Loveless). Su nombre real es Lydia Ruth Ankrom, de modo que el apellido impostado busca trasmitir algo, sea literal o guiño a Patty Loveless. Madera de cantautora de Ohio con influencias de rock hiriente, compagina una imagen ruda con sensaciones vulnerables gracias a la acidez de las guitarras -a veces tres al unísono- y a las texturas que construyen. En “Same To You” el efecto es casi Neil Young, con esa intensidad a ratos aplacada -el inicio de “Out On Love” huele a Fleetwood Mac, “Bilbao” abre huecos a la nostalgia, y en “Heaven” busca la desazón a través de un sonido semifunky– inherente a quienes supuran abandono. Sin tener mucho que ver, me recuerda a The Delines. Solo que con mayor voltaje.

“New View” (Eleanor Friedberger). Un disco -quizás el mejor- para disfrutar las composiciones de Eleanor embellecidas por pequeños detalles. Se constata su decantamiento por las estructuras clásicas -muy Dylan los acordes de “Your Word” y “He Didn´t Mention His Mother”– y la sobriedad instrumental para discurrir entre el pop y el rock, permitiéndole expresar en una orilla u otra sus tribulaciones emocionales. A lo que íbamos, los detalles: básicamente se centran en la labor -aparte de ciertos teclados, como en “Cathy With The Curly Hair”– de las guitarras de Malcolm Perkins y Dorian DeAngelo, siempre colando una cenefa fugaz -caso de “All Known Things”– como surcando ágil sobre varios tramos de la pieza, como en “A Long Walk”. En esta última se suma a la fiesta del epílogo el piano. Final feliz.