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“Absolute Loser” (Fruit Bats). Nuevo trabajo… sin fecha de caducidad … impecablemente ejecutado desde su simplicidad… Eric D. Johnson a cargo de casi todo… persigue la estela del sonido clásico de los grandes, llámense Beatles, Band Of Horses o Jayhawks. Destaca “Baby Bluebird”, con una narrativa que pasa de Nilsson a Dylan al llegar a ese fastuoso estribillo de cinco estrellas … no le van a la zaga “From A Soon-to-be Ghostown” (siempre anima una influencia country-rock como arranque), “My Sweet Midwest” (con la reverberación Lennon y la aportación de Neal Casal), y la otoñal “It Must Be Easy” (se nota la mano productora del repetidor Thom Monahan, quien ya mezcló “Gentle Spirit” de Jonathan Wilson). Diez canciones para oídos más exigentes que inquietos (RDL).

“Schmilco” (Wilco). De ser todas las canciones como las tres primeras, “Schmilco” se consideraría el mejor álbum del grupo. Y de alguna manera, para los que disfrutan de la parte más pacífica de su sonido, lo es. El sigiloso discurrir de “Normal American Kids”, -sobre todo- de “If I Ever Was A Child”, y de “Cry All Day”, roza lo sublime. Al menos a mí este flujo agradable me devuelve a los Wilco que mejor llegaban. Sin embargo, como avisa el artwork del gran Joan Cornellà, de perfil bajo sin aspavientos, Tweedy se enfrenta a sus fantasmas. Dulce por fuera, agridulce por dentro. Sigue el ambiente relajado semiacústico, con pequeñas variaciones -lo seco de John Lennon en “Nope”, lo directo característico de la banda en “Someone To Lose” y “We Aren´t The World (Safety Girl)”– que no afectan a la capa externa musical. Pero algo falla en la estructuración de la plasticidad y en los textos, invitando a pensar que subyace una amargura encubriendo ansiedades varias. Muy interesante si no es por la decepción al no redondear en clave positiva la delicadeza instrumental.
“Memory” (Dan Michaelson & The Coastguards). Asombrosa paradoja. Michaelson graba disco tras disco sin repercusión. Un anonimato perenne inversamente proporcional a su proceso de madurez. Con esa voz que incluso parece incapaz de alzarse contra su destino dejando una nota a medias entre sus amígdalas, traspasando el tópico de la noche profunda para adentrarse en un universo de pena aún más oscura y dulce. Como la de Stuart Staples de Tindersticks a cámara lenta, y mejor vestida que la de Leonard Cohen gracias a un equipo de cuerdas y vientos muy competente. En “Memory” borda su lamento hasta los límites entre la pausa y el silencio. Brutal, como de costumbre, y eternamente hermoso. Sí, somos poquitos seguidores, pero muy fieles.