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“Are You Serious” (Andrew Bird). Acostumbrados a su suavidad, descoloca al sonar inesperadamente seco en “Capsized” con la percusión mandando. Mantiene el ritmo, esta vez eurovisivo eslavo, en “Roma Fade”, con una aspereza en la guitarra a cargo de Blake Mills que coge cuerpo cuando entra el violín en la maravillosa “Truth Lies Low”. El ecuador del álbum viene marcado por la colaboración en “Left Handed Kisses” con Fiona Apple (se aplaude el vídeo de la pareja cara a cara). En la segunda parte reaparece el compás personal de Bird con las cinco canciones de escucha obligada (“Saints Preservus” incluso se parece fugazmente a la inmortal “Tables And Chairs”).

“Pond Scum” (Bonnie Prince Billy). Recopilatorio de versiones alternativas extraídas de sesiones de John Peel -a cargo de un Will Oldham mayormente solo con voz y guitarra- seleccionadas con trasfondo conceptual: nada ajeno al autor, prolífico manejando religión y muerte. Sobresalen “(I Was Drunk At The Pulpit)”, una “Death To Everyone” comenzando cual “Angie”, y la versión acústica de “The Cross” de Prince (no estaba previsto que cobrase relevancia publicándose tres meses antes de la muerte del compositor).

“Lighthouse” (David Crosby). De todos los miembros de CSN&Y, David Crosby es el que menos me entraba. Paradójicamente, para muchos de los músicos que admiro en la actualidad es el mejor, así que he hecho acopio de fuerzas para persistir y, estupendo, partes de este “Lighthouse” me gustan, sobretodo habida cuenta de los 75 años que este guitarrista lleva entre pecho y espalda. Todo está construido solo con su guitarra acústica y voz, con la ayuda de Michael League de Snarky Puppy. Pocas concesiones al tránsito melódico –“Things We Do For Love” y “The Us Below” están bien, pero “Drive Out To The Desert” ya se enfanga en la introspección- en estas letanías -muchas sin estribillo- en los confines del ocaso. A Mark Eitzel debería gustarle. Y no me extrañaría que también a Mark Kozelek.

“Unseen” (The Handsome Family). Cuando los Sparks dejaron Chicago por Albuquerque sabían lo que hacían para mantener la veta de la inspiración. Esas historias necesitaban un paisaje árido para sobrevivir, y pocas cosas han cambiado en sus discos desde entonces. Sigue Brett Sparks con su pericia narrativa de costumbre, su temática habitual -disparando con dulzura historias siniestras- intacta, y el apego por formas antiguas de country tejano. Pueden mecerte con “The Silver Light”, insinuar un vals lento en “Green Willow Valley” o sugerir acordes dramáticos en “Back In My Day”, porque el resumen viene a decirnos lo de siempre: todo sigue igual -de bien, de turbio, de…- en casa de los Sparks.