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Nunca se conocen los motivos -los reales- que impulsan a un músico funcionando bajo el nombre de una banda -por ejemplo Jason Lytle– para cambiar y empezar a publicar bajo el suyo. Ni los que le impulsan a recuperar años después el nombre anterior. El caso es que Grandaddy han vuelto -o mejor dicho Lytle, ayudado en bastantes canciones por su percusionista fiel Aaron Burtch, más un trío de cuerdas en la preciosa “This Is The Part”– con “Last Place” (30th Century 2017).
Como predicar a los conversos es fácil -y yo lo soy-, ha necesitado muy pocos argumentos para convencerme de estar ante una de sus obras mayores. ¿Por qué (aparte de recuperarle)? Cierto, la nostalgia es un argumento muy disuasivo: nostalgia al volver a degustar su esencia en composiciones nuevas; y porque su música siempre ha sido nostalgia en estado puro, tanto en los referentes musicales como en el mensaje de la mayoría de sus textos. En esta ocasión todo se ve magnificado por el estado de ánimo de un Jason sensible a su ruptura sentimental, aunque en el fondo pienso que sonaría igual -y sus carátulas se verían parecidas también- de grabarlo enamorado y correspondido. “Brush With The Wild” y “Evermore” trotarían fáciles como siempre, colaría algún pasaje correoso (“Chek Injin”) o una entrada sixties (“The Boat Is In The Barn” arranca como “Happy Together”). Y recuperaría al robot anegado en el alcohol de la decepción de “The Sophtware Slump” (“Jed The 4th”).
Sin embargo, tras varias escuchas -sí, su música es accesible, pero necesita tiempo para ser asimilada en su letra pequeña-, asoman las verdaderas protagonistas. Cuatro canciones con un plus para elevar el disco a los altares.. Pese a su acorde musculado, “I Don´t Wanna Live Here Anymore” reniega con honestidad (en ella interviene la mezcla de John Vanderslice, las demás casi todas a cargo de Tucker Martine). La siguiente, “That´s What You Get For Gettin´ Outta Bed”, es tan triste como fantástica con su melodía de guateque. Y quedan las dos piezas del final para desarmar a los escépticos. La manera de utilizar el piano de “A Lost Machine”, con el falsete vocal tipo Neil Young, se agranda de forma maestra (ya había utilizado esta influencia de Pink Floyd antes), mientras la fragilidad promovida por el susurro y la acústica en “Songbird Son” deja paso a aquellos ruiditos de chatarra olvidados electrizando una canción de cuna.
Thanks everyone, it was good to be gone, se lee en el interior del diseño gráfico. De nada, Jason. Tienes razón. Si es que alguna vez te fuiste.