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Amamantada entre los tonos sepia del rock’n’roll de los cincuenta y el country más heterodoxo y plañidero, Molly Burch ha dado -al menos para el que esto suscribe- la campanada vintage de lo que llevamos de año. Auspiciada espiritualmente por su adorada Patsy Cline (también, por qué no, por Connie Francis o la factoría Spector) y dotada de un registro vocal que sabe conjugar a partes iguales fortaleza y sutilidad, melindre y postín, Burch debuta con “Please Be Mine” (Captured Tracks, 2017), un ramillete de canciones exquisitamente esculpidas bajo el fervor alfarero de un pop tradicionalista, sentido e imperecedero. Un caramelo retro sin falsos alardes pirotécnicos o grandilocuentes: más bien de un acabado intachable, teñido de circunspección y convenientemente empaquetado (co-produce la propia Molly: señal de que sabe perfectamente qué se trae entre manos) en cada ángulo de sus (tenues) diez cortes.

Para entendernos todavía mejor, a nivel contemporáneo estaría situada a medio camino entre Karen Elson y Angel Olsen; aun así infinitamente más centrada que la primera en la recreación de cierto tacto gótico estadounidense y mucho más capacitada que la segunda para la armonía y la plasticidad baladística. Elvis Presley (“Loneliest Heart”) o Richard Hawley (“Not Today”, vía Bob Lind, claro) transpiran inevitablemente en una cita con los sonidos añejos (que no rancios) donde, aun con mucho de (orgulloso) revisionismo en sus entresijos, no escatima sin embargo clarividencia, sabiendo focalizar a la primera escucha piezas rotundas como la inicial “Downhearted” –anticipada en formato single-, que suena tan irrebatible, fresca y decidida como un flechazo instantáneo.

Elegante tesina sobre reverberación y almas rotas, sobre evocaciones y luces mortecinas. Una apelación a la consustancial oscilación entre posesión y desposesión sentimental bajo acordes gravitatorios y trote académico. Con una naturalidad apabullante, alejada por completo de la caricatura o el sucedáneo inocuo y meramente imitativo.