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Al escuchar la nueva grabación de Mount Eerie, he sentido la tentación irreprimible de hablar contra esa proliferación -ya rayando la tendencia- de discos trajinando con el tema de la muerte desde una perspectiva cercana (se puede leer en la web de Rockdelux). De lo privado y lo público. De lo que debe cobrarse en nombre del arte y de lo que debe regalarse por ética. De si tengo que pagar por escuchar lo que tortura a un artista o de si él debería pagarme a mí por ello.
Una vez dicho esto, la muerte de Geneviève, esposa de Phil Elverum, año y pico después de dar a luz a su hija, es diseccionada por el cerebro de Mount Eerie desde todos los ángulos posibles en “A Crow Looked At Me” (PW Elverum & Sun 2017). En segunda o tercera persona, ella es la protagonista absoluta de las doce piezas. Cuando saca la basura, cuando coge su cepillo de dientes, cuando ejerce de padre, etc. La música es árida, con apenas algún detalle -el tenue fuzz al final de “Crow”, el ligerísimo acompañamiento de “Emptiness, Pt.2”, el piano de “Toothbrush/Trash”– que remueva el discurso de voz y guitarra. Una voz que, más que cantar, deja fluir sus pensamientos en un tono agrio no distante de Will Oldham, sin las concesiones armónicas de Sufjan Stevens o Mark Kozelek (los dos referentes más cercanos). Y una guitarra triste, casi inerte en su alejamiento de las florituras.
Apenas se distingue una canción de otra dentro de este monólogo, más cortas o más largas -los seis minutos de “Soria Moria”-, más enfrascadas -como “Swims” con su trote mortuorio- o no en la degeneración del proceso. “A Crow Looked At Me” son 41 minutos de “The Bed” de Lou Reed -sin la piedad de los teclados ni los coros- por la vena.