mc

Cincuenta años de carrera, desde 1966, sobreviviendo en las catacumbas del folk. ¿Por qué Michael Chapman jamás gozó de titulares en la prensa? Muchos años viendo sus discos y conciertos reseñados con cuatro frases en Melody Maker y NME. Como un eterno trovador de provincias, sin alcanzar el nivel técnico de un Bert Jansch -tampoco era carne de portada-, un estilo propio como John Martyn, o parir una colección de canciones por encima de las formas como Van Morrison o Nick Drake. Y un crimen que ha expiado el resto de su vida. Haber optado por el “progresismo” de Harvest y no por el “folk” de Island cuando las vacas gordas en “Rainmaker” (1969), seguramente porque, como demostrarían sus siguientes álbumes, las fronteras del folk habrían castrado su vocación de estudiante de arte: utilizó a Gus Dudgeon y a Paul Buckmaster de la tropa de Elton John, entrenó a Mick Ronson antes de entregarlo a Bowie para que lo vistiera con lentejuelas, y se mudó temporalmente al rock con Don Nix.
Buena parte de las expectativas creadas por “50” (Paradise Of Bachelors 2017), más que por el significado emocional de medio siglo y una discografía casi tan amplia, se deben a la implicación de Steve Gunn en la grabación. Sonido americano con mucho detalle en las eléctricas. Esa manera de tejer de Gunn en “The Prospector” estirando la pieza en busca de la cima -sin caer en la improvisación-, hipnotiza, como también las formas tipo Kurt Vile de “Falling From Grace”, o el banjo -instrumento asociado hoy a USA- en “Money Trouble”. Aún así, las resonancias profundas cuando se adentra en los meandros folk siguen siendo británicas -como Michael Head– pese a que, arrastrados por la inercia de ubicarlo al otro lado del Atlántico, pensemos que “The Mallard” es más Mark Eitzel que John Martyn.
La otra vertiente destacable de “50” es la de estar concebido por un artista de 75 años, con lo que implica. Una visión de futuro más bien oscura mientras repasa en un par de frases sutiles su paso por el mundo. Y, como muleta en la que apoyarse, ha contado con el acompañamiento vocal de Bridget St. John, una de las voces más importantes de la época en que ambos estaban en edad -también artística- de merecer.