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Auténtico subidón para arrancar el viernes, con la maquinaria de Slim Cessna´s Auto Club a pleno rendimiento. Entre Slim -tiene amigos en 16 Horsepower– y Munly Munly -con sus facciones vampirescas- dibujan un show donde se funden raíces country, gótico sureño, historias disfuncionales, murder ballads -sí, hay también bastante de Nick Cave en Slim Cessna– y víscera fascinante. Rituales oscuros y mucho sentido del humor buceando en la idiosincrasia Cramps en los de Colorado. Por su parte, los israelís Vaadat Charigim combinan kraut rock y shoegaze con perspectiva británica, mientras Iosonouncane, de la mano -y de la excelsa voz tenor- de Jacopo Incani, maneja un abanico que va desde las acústicas a lo siniestro y no le tiembla el pulso al generar subidas largas con matiz aterrador (casi tipo Swans).
De Mitski solo pude escuchar cuatro canciones. Pese a su look impecable con un vestido con las flores de moda ceñido que le impedía agacharse cómoda para beber…agua por supuesto, el principio me pareció aburrido tras el susto inicial a modo de disparo. Después se fue animando, pero yo quería ver a Whitney. Con la percusión en primer plano visual, Julen Ehrlich parece haber tomado el mando, y no lo hizo mal teniendo en cuenta que se rompió -según sus propias palabras- el pulgar izquierdo la noche anterior en Tossa De Mar. Con un falsete vocal de entrada fácil, y con un formato sexteto donde lo complejo se torna simple, esgrimieron su único bagaje, las maravillosas canciones de “Light Upon The Lake”. Más una versión de “Magnet” de NRBQ, otra nueva, y la aparición de Mac DeMarco en un tema.
Tampoco pude ver mucho de The Growlers, cuatro canciones. Su fama sanguínea de antaño ha quedado atrás en unos últimos discos más cerca de Strokes y del pop (incluso con algún pasaje light de bonanza reggae). En cambio mucha calidad -y técnica, y sabiduría, y…- aportó William Tyler, que se ha propuesto recuperar melodías inspiradas en la tradición americana de los tiempos de la guerra civil con supuesta carga política. Instrumentales a modo de postales añejas repletos de sutilezas con algún guiño fronterizo que tuvieron digno colofón con la aparición de Meg Duffy -sí, sí, otra bendita vez la de Hand Habits– para un duelo de guitarras final que terminó en abrazos entre todos los músicos.
Arranque entre ambiente musical escocés para el retorno de Arab Strap. Un Aidan Moffat barbudo e inquieto parecía dominar entre tragos la situación. También me quedé durante cuatro piezas, muchas con pasajes bellos y glaciales aupados en subidas con alta carga emocional -vecinos de Mogwai-, alguna realzada por beats disco. En el camino hacia el escenario Heineken pude ver a Mac DeMarco despedirse en calzoncillos. Quería ver en escena el nuevo trabajo de The xx. No obstante, como viene sucediendo últimamente en esta parte del recinto, la multitud impide cualquier intento serio de disfrutar de lo musical. Asistí a tres canciones a través de la pantalla rodeado de muchachada coreando “Say Something Loving”. No ha lugar para exquisiteces, la tribu avasalla y te hace huir sumido en el análisis. He llegado a una conclusión. Hay dos Primaveras. El de la música, en horarios periféricos con menor audiencia, eso sí, muy militante, aunque aparezcan cuatro gatos durante la actuación de William Tyler. El que le da credibilidad al festival. Y después está el público masivo, de diez a tres de la madrugada, el que sostiene económicamente el acontecimiento aunque no sepa pronunciar en inglés Arcade. Es el que acude porque la palabra evento se impone. Sobrevivir en esta franja horaria para el melómano requiere olfato para esquivar a “los otros”. Los dos públicos se retroalimentan y no sería posible la reputación del festival sin uno de ellos.
Así pues, agotadas mis fuerzas y rendido ante el pragmatismo de la solución, busqué refugio en otros parajes, encontrándolo en The Make-Up. Trajeados con la purpurina brillando, estuvieron más que correctos -vista su poca influencia hace veinte años- a la hora de repartir libido con su groove trufado de rhythm & blues de verdad (el sixties). Bajo en primer plano sazonado con teclados de sonido farfisa o guitarra negroide, siempre bajo la omnipresente figura de Prince de segunda división de Ian Svenonius. Tremendamente rítmicos en las puertas del garaje, ideales para inyectar músculo festivo en la noche, solo les faltó que sus canciones fueran más conocidas. A dormir con una sonrisa gracias a esos salvajes escudados en su lúrex dorado.